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Acerca del frente amplio de izquierdas

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Ha comenzado una larga marcha hacia la unidad de las izquierdas alternativas con la perspectiva de las próximas elecciones generales del verano de 2027, posiblemente adelantadas, y ante los complejos desafíos presentes y futuros. Junto con el mantenimiento electoral socialista y el apoyo del nacionalismo periférico, constituye la condición para conseguir mayoría parlamentaria, vencer a las derechas, evitar la involución regresiva y autoritaria y renovar el ciclo progresista.

Algo ha comenzado a cambiar ante la evidencia pública de que esa trayectoria de rivalidad, particularmente entre la coalición Sumar y Podemos, perjudicaba la credibilidad de ambos y la del conjunto progresista para representar y conducir los asuntos públicos. Veamos algunas particularidades de cada bloque sobre qué unidad se plantea y su viabilidad.

En primer lugar, la iniciativa de Gabriel Rufián, portavoz de ERC en el Congreso, que ha lanzado su idea de que algo unitario deben hacer las izquierdas al Partido Socialista, estableciendo puentes de diálogo con ellas, con la primacía en las listas electorales en cada provincia de la formación más representativa, dando por supuesto que la hegemonía en su territorio la debe tener la respectiva fuerza nacionalista.

Se ha iniciado un proceso positivo de conversación pública en torno a la deseabilidad de una mayor colaboración en las izquierdas alternativas, permitiendo superar algunos desencuentros anteriores, pero todavía falta mucho recorrido por hacer y bastantes dudas y distancias por superar.

 En segundo lugar, sobre el modelo 23J de la fundación de la coalición Sumar podemos afirmar que fue insatisfactorio en un punto crucial: la integración de Podemos, con su peso representativo específico y las funciones que le correspondían.

El modelo no cumplió su papel de articulación unitaria. No es momento de volver atrás, pero sí de constatar una deficiencia básica, la ausencia de una distribución equitativa en las funciones políticas, impuestas (unilateralmente) y acatadas (con resentimiento). Solamente cito un dato sobre las proporciones representativas de cada bloque. Muestra la conveniencia de superar ese esquema para el inmediato futuro.

En la encuesta postelectoral del CIS, de septiembre de 2023, tras el anuncio de la separación entre Podemos y el resto de la coalición Sumar, los porcentajes de voto eran, respectivamente, el 3,6% y el 7,8% (con una ligera bajada colectiva de nueve décimas, respecto del 23J); o sea, casi en una proporción de un tercio y dos tercios (exactamente, 32% y 68%), que contrasta con la representación parlamentaria distribuida: 5 escaños adjudicados para los primeros (el 16%, la mitad de los diez que le hubieran correspondido con una proporcionalidad pura) y 26 para los segundos (el 84% restante).

Como se sabe, la dirección morada, fruto de ese trato que consideraba injusto, se salió del grupo parlamentario, con una continuada tensión competitiva y una pugna sobre el relato de las causas y responsabilidades. En ausencia de un diagnóstico común, es insostenible la idea de que el acuerdo unitario ya está hecho, el modelo 23J, y solo cabe la reincorporación de Podemos en una situación de debilidad y subordinación.

Lo que interesa aquí, mirando el futuro, es destacar una idea fundamental: el respeto del pluralismo representativo y su articulación unitaria. Hay que renegociar un modelo consensuado, con equidad representativa, si se quiere avanzar y resolver el problema unitario principal: la división entre Podemos y el resto de grupos de la actual coalición de Sumar.

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Para ello contamos con una referencia básica: la representatividad de cada bloque, medida por los estudios demoscópicos más fiables. La proporción aproximada entre la coalición Sumar (se integran aquí los datos de todos los grupos representados en el actual grupo parlamentario, incluyendo Compromís) y Podemos ronda los dos tercios de votos (en torno a un 6% del total, según 40dB) frente a un tercio (cerca de un 3%). La mayor aproximación entre ambos, con gran abstención, se produjo en las elecciones europeas (4,65% frente al 3,28%), y el último dato de abril, con una ligera bajada, es de 5,8% y 2,7%, (el CIS, les da 5,8% y 2,2%).

En su conjunto, como tendencia relativamente estable de ese espacio, supone para los primeros, entre el 60% y el 70%, en torno al millón y medio de votos, y para los segundos, entre el 30% y el 40%, hasta cerca del millón, con tendencia descendente.

En tercer lugar, el marco político y de alianzas que había dado lugar a Unidas Podemos, en el año 2016, queda modificado. En 2021 se inicia la recomposición (‘yolandista’) de los nuevos equilibrios y alianzas internas. El proceso culmina, en 2023, con la constitución de la coalición Sumar, en cuyas listas electorales, finalmente, se incorpora Podemos en una situación débil y subalterna.

Se conforma una nueva mayoría dominante en la cúpula del conglomerado alternativo, no exenta de dificultades articulatorias. Se produce una reconfiguración de las prioridades estratégicas y de alianzas internas de las élites y liderazgos de sus grupos políticos, que intentan recomponer la legitimidad de su representatividad respectiva, mediante una fuerte pugna pública (y soterrada).

Desde 2023 hasta la actualidad, en 2026, dejando al margen el contexto político-social y las estrategias políticas partidistas, se agudiza la polarización sobre la legitimidad y la consolidación de ambos núcleos dirigentes. Se produce la pugna por la primacía del liderazgo, sin contrarrestar el declive.

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Existen dos hipótesis (performativas) extremas. Una, la completa hegemonía del nuevo núcleo dirigente en torno al ‘yolandismo’ (y la nueva coalición Sumar), con una perspectiva de consolidación político-electoral e institucional, y la reducción residual del ‘pablismo’ (y Podemos). Otra, la recuperación y la primacía del actual Podemos (y su aparato comunicativo) como motor ideológico-político, confiando en la descomposición de Sumar, como dirección política y base socioelectoral, y aventurando el desborde de la radicalización popular que, junto con un discurso radical generador de una izquierda valiente y fuerte, conseguiría una nueva prevalencia socioelectoral.

Hemos llegado a la actualidad, y ninguna de las dos hipótesis extremas se ha cumplido, con fuerte desgaste de la legitimidad de ambos núcleos dirigentes, persistencia de su declive socioelectoral en un marco geopolítico cada vez más complicado, y cierta incapacidad de sus liderazgos para promover una remontada político-electoral y una salida estratégica unitaria.

En cuarto lugar, una izquierda transformadora fuerte solo es posible unida. Como dice Xavi Domènech, profesor y moderador del diálogo en el acto de Barcelona, con el que comparto esta opinión -aparte de otras referencias ideológicas thompsonianas-, la utilidad de los grupos alternativos se refuerza mediante su colaboración y unidad y es imprescindible caminar hacia un frente amplio de izquierdas. No obstante, el camino por recorrer es complejo, con intereses encontrados.

Lo que prima es una estrategia de competencia abierta de discursos y liderazgos; eso sí, con la adecuación discursiva de intentar aparecer, cada parte, como la respuesta eficaz y la más unitaria. La unidad se convierte en instrumental y en motivo de otra pugna; su realización práctica se devalúa, y su legitimidad se limita.

El mayor riesgo inmediato de esa trayectoria divisiva e incoherente es su limitada credibilidad para la ciudadanía progresista. El otro riesgo global es que, con esa dinámica, va a ser difícil incrementar la suficiente representatividad parlamentaria de la izquierda alternativa para asegurar la reedición de otra legislatura progresista frente a la ola reaccionaria que se avecina.

La izquierda transformadora, para tener un papel relevante, debe superar su división. El punto de partida es el reconocimiento de la representatividad y, por tanto, de la legitimidad social de cada grupo político y su liderazgo actual, como interlocutor válido para la conversación, la negociación y, en su caso, el acuerdo colectivo. Supone, de entrada, el respeto mutuo con la aceptación de la pluralidad existente y la habilitación de procedimientos democráticos compartidos. Sus liderazgos deben demostrar su valía y capacidad… o su reconstrucción. Dependerá del proceso hacia la unidad de las izquierdas alternativas con un programa común básico, con la configuración de un creíble y potente frente amplio de izquierdas.


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