¿Ser o no hacer?
En las redes sociales de un spa cubano, cuyo nombre me reservo, porque podría ser cualquiera, apareció en días recientes un anuncio significativo. “Porque también es importante cuidar lo de adentro”: el sitio expande su carta de servicios. Ahora, además de los masajes con piedras volcánicas y las envolturas de barro, ofrece consultas médicas de diversas especialidades, cuenta con modernos equipos de ultrasonidos y con personal calificado de salud.
Así se promociona otro pequeño consultorio privado, con una música de arpa y el humo de las velas aromáticas alrededor de la joven que habla despacio mientras sube una escalera.
Todos ellos están marcados en el mapa de nuestra suspicacia. Aquella peluquería ofrece consulta dermatológica; en la casa de renta de la esquina, de paso, ponen una inyección, hacen un electrocardiograma; ese reparador de espejuelos mide la vista; donde dice “se vende hielo”, léase, “hay antibiótico”.
El detalle no es que existan, el detalle es que funcionan. Algunos pacientes van y salen con un diagnóstico, con una receta o con la propia medicina, con esa tranquilidad necesaria que el sistema público de salud ya no les ofrece.
Yo estuve allí, en aquel hospital, cuando nació mi hija menor. Estuve “resolviendo” el suero, la aguja, hasta la sábana donde se envolvió; estuve antes repitiendo el análisis aquel que dio alterado por una mala praxis, y que no se pudo confirmar por la falta de reactivos.
La salud no es un lujo, es una prioridad, y si el precio por cuidarla es alto, siempre habrá alguien dispuesto a pagarlo si su bolsillo lo permite o incluso si tiene que vaciar los ahorros dedicados a la supervivencia.
El Decreto 160 de 2026, que entró en vigor el pasado 4........
