Cuba: la igualdad que se logró… y la desigualdad que regresó
Hay temas que no admiten ligereza y este es uno de ellos. Cuando se habla de racismo y de la realidad de los afrodescendientes cubanos, no se puede hablar con consignas, tampoco con romanticismo, ni con cobardía, sino con memoria, con honestidad y con la capacidad de mirar procesos largos.
Yo parto de algo que para mí está claro: antes de 1959 sí había racismo en Cuba. Existían barreras sociales, económicas y culturales muy concretas. Los negros y mulatos cubanos estaban, en términos generales, en el nivel más bajo en la escala social, con menos acceso a determinados espacios, menos posibilidades de ascenso y más peso de la discriminación encima. Conocemos muchísimos ejemplos. Incluso la figura de Fulgencio Batista cargó en distintos momentos con ese tema racial dentro de la política cubana. Negar eso sería falsear la historia.
La Revolución prometió igualdad social e igualdad racial. Y sería injusto negar que una parte importante de esa promesa se materializó. Se desmontaron barreras legales, se abrió el acceso masivo a la educación, a la salud, al deporte, a la cultura; muchísimos negros cubanos llegaron a ser profesionales, médicos, científicos, maestros, militares, artistas, deportistas y dirigentes del Estado. No creo que sea serio borrar esa realidad ahora por conveniencias políticas.
Hubo una etapa en la que los afrodescendientes en Cuba pudieron avanzar notablemente, impulsados por los cambios que trajo el proyecto revolucionario.
Pero una cosa es reconocer ese avance y otra es pretender congelar la historia como si se hubiera resuelto este tema para siempre. Al contrario, pasadas unas décadas, y sobre todo a partir de los años 80, se hizo muy evidente que los cambios sociales no consiguieron borrar del todo ni las desventajas y vulnerabilidades ni las discriminaciones contra las personas negras y mestizas.
La historia siguió caminando
Las migraciones tuvieron mucho que ver con lo que vino después. La primera gran ola que sale de Cuba al triunfo revolucionario no fue una ola cualquiera. Fue, en gran medida, de la clase alta, rica, poderosa, con propiedades, con contactos, con capital y con capacidad inmediata para irse. También salieron personas vinculadas al aparato político del batistato y sectores que entendieron desde muy temprano que el país que venía no sería el suyo.
Cuando yo pienso en esa salida, me viene a la cabeza la imagen inmortalizada en la segunda parte de El Padrino (F. F. Coppola, 1990): la noche de fin de año, la élite vestida de gala, los tuxedos, el poder, la fiesta, y de pronto la noticia de que Batista se va, que todo se cae, que hay que correr al aeropuerto, al puerto, a donde sea, porque el mundo que conocían se terminó. Claro que esa película es una representación, pero captura muy bien el imaginario de aquella huida de la Cuba privilegiada cuando el poder se les escapó de las manos.
Después vino la segunda ola, y aquí no quiero simplificaciones porque para mí este punto es........
