Ruslan Muñoz: “No podemos pensar una ciudad diferente si no cambian los escenarios económicos”
Ruslan Muñoz, decano desde 2023 de la facultad de Arquitectura de la Universidad Tecnológica de La Habana José Antonio Echeverría, es doctor en Ciencias Técnicas (2021), máster en Vivienda Social (2015) y arquitecto (2011). Tanto los grados científicos como el título de su especialización, los obtuvo en el mismo centro de altos estudios donde hoy trabaja, además, como profesor principal de la disciplina de Teoría e Historia de la Arquitectura y el Urbanismo.
Su currículo, nutridísimo, da fe de las tantas publicaciones que llevan su firma, los temas sobre los que ha dirigido investigaciones y las asociaciones profesionales a las que pertenece. Baste, de estas últimas, citar dos: es miembro de la Unión Nacional de Arquitectos e Ingenieros de la Construcción de Cuba (2017), y del Comité Internacional para la Conservación del Patrimonio Industrial (2016).
Como hay mucho de qué hablar, vamos al grano.
En 2011 te gradúas como arquitecto por la Universidad Tecnológica de La Habana. ¿Cómo, por qué, elegiste la arquitectura para tu desempeño profesional?
Desde muy niño dibujaba mucho y pasé varios talleres de dibujo. Lo que más me atraía era dibujar casas, edificios y ciudades. Cuando estaba en un lugar, mi imaginación lo iba construyendo, lo iba transformando todo. Aun lo hago cuando me detengo en un sitio; siempre imagino cómo podría transformarse para mejor.
Crecí en un barrio del municipio Playa a medio camino entre las instalaciones de la Fábrica de La Tropical y la Liga Contra la Ceguera. Mis estudios primarios transcurrieron en una escuela que debió haberse construido en los años cincuenta. Era de grandes espacios, amplios ventanales plegables y grandes aleros, puertas divisorias de corredera que separaban los espacios; yo crecí apreciando esos elementos.
Por otro lado, en mis recorridos asociados a actividades extraescolares observaba construcciones de variadas formas, tamaños, épocas, ya que los barrios a mi alrededor eran muy diversos. Luego comprendí que eran expresión de estilos arquitectónicos y rasgos urbanos.
Después nos mudamos para el pequeño batey del único central azucarero que tuvo la ciudad, el Toledo, en Marianao. Entonces el batey mantenía su pueblerino y pintoresco paisaje de casitas de madera alineadas a la calle principal. Empecé a ver trenes y escuchar sirenas asociadas a la industria. Ya eso fue un cambio radical; yo tenía 12 años. Recuerdo que me llamó mucho la atención en las primeras semanas de vivir allí, un conjunto de varios edificios pero que no eran viviendas, y entonces mi mamá me dijo, esa es la Universidad, la Cujae, donde se estudia lo que te gusta: arquitectura.
En ese momento no estaba familiarizado con las siglas de la Cujae, no la conocía, hasta que un día entré, y me impresionaron sus espacios. Era como reafirmando lo que quería estudiar, resultó muy agradable recorrerla, aunque fue muy breve.
Mis padres trabajaban en El Vedado, en plena Rampa, en el edificio de la Radio y la Televisión, y yo lo visitaba frecuentemente. Para estar más cerca de ellos, mis estudios secundarios los hice en El Vedado, en una añeja mansión de los años veinte del siglo pasado, enfrente de una obra icónica del art decó cubano, el Edificio López Serrano. Estudiar en este barrio, caminarlo y compartir también en casas de mis amigos en los círculos de estudio, contribuyeron a que ampliara mi visión de la ciudad.
Luego transcurrieron mis tres años de preuniversitario becado y aquí también me detenía a observar la espacialidad de la propia escuela. Incluso el director me pidió hacer una perspectiva aérea para ubicarla en el mural. Por ese entonces ya me estaba preparando para las llamadas “pruebas de aptitud”, que exigía la carrera. Eran unos exámenes muy completos que medían tus cualidades asociadas a la memoria visual, la interpretación espacial, la creatividad, etc. Ese fue el segundo momento en que visité la Cujae y mi primera vez en la Facultad.
Ya una vez en la Facultad de Arquitectura, fue la plena satisfacción, aunque no estuvo exenta de tropiezos propios de una exigente carrera, pero llena de experiencias. La formación que recibí de mis profesores contribuyó sin dudas a que sintiera mayor orgullo y pasión por esta profesión.
También desde niño me gustaba la historia, el por qué y cómo los edificios eran tan diversos o por qué un barrio era tan diferente a otro. Siempre en la escuela nos enseñan la historia de Cuba, pero desde un matiz exclusivamente político, siendo muy escasos otros matices. Entonces esas otras aristas me llamaban la atención. Estudiar la Historia de la Arquitectura y el Urbanismo en la carrera era el complemento perfecto, y además me gustaba transmitir y compartir lo que aprendía.
Por eso me dediqué al estudio de esta disciplina y aquí tuve excelentes profesoras que contribuyeron mucho a esta decisión. Las profesoras María Victoria Zardoya y Florencia Peñate Díaz, cuya cualidades y virtudes de ambas dejaron profundas huellas en mí. Hasta este momento ha sido constante el aprendizaje, porque la propia docencia te lo exige. Cada grupo de alumnos es un comienzo, se disfruta y se aprende.
La arquitectura cubana erigida durante la República es prolífica y de notables valores. A tu juicio, ¿cuáles son las obras más sobresalientes entre 1902 y 1959?
Esta pregunta es bien difícil, porque obliga a sintetizar bastante. Los estudios de Arquitectura en Cuba se iniciaron en 1901. Quince años después, en mayo de 1916, se creó el Colegio de Arquitectos de La Habana y, en 1917, se inició la publicación de la revista Arquitectura, que se convirtió inmediatamente en el órgano divulgativo del gremio; años más tarde se llamó Arquitectura Cuba, con gran repercusión nacional y en el ámbito latinoamericano.
Esto coincide con otros procesos de modernización y cambios sociales que experimentó la isla en sus primeros años como República. El periodo republicano estuvo marcado por dinámicas económicas muy fluctuantes, asociadas al tronco económico que significaba la industria azucarera y que se articulaba con la banca financiera y comercial, y otros sectores de la economía, pero a su vez estaban estrechamente relacionadas con impactos en la demografía y la inmigración, en los referentes estéticos y prácticas culturales de los grupos sociales.
La Habana, por ser la capital, expresa muy bien estos procesos, y al concentrar el poder político, obviamente atrajo mayores inversiones inmobiliarias. Se puede afirmar que es la etapa donde la urbe creció más en toda su historia. No obstante, el proceso de modernización lo experimentarán, con diferentes grados de intensidad, las restantes ciudades importantes, como Santiago de Cuba, Santa Clara, Camagüey, Cienfuegos, incluso en otras más pequeñas también.
Por tanto, para entender esta etapa varios estudios han coincidido en subdividirlo en dos periodos, el primero: 1900-1930; y un segundo: 1930-1958. Dicha fragmentación se debe a los propios rasgos y características que fue asumiendo la arquitectura cubana, como resultado de un lógico proceso evolutivo. Pero abarcar en tan poco espacio el resto del país, podría extender demasiado mi respuesta, y siempre faltarían obras, por eso prefiero mencionar solo algunas de La Habana.
Hace un año, desde la Sociedad de Arquitectura de La Habana un grupo de arquitectos retomamos una idea que se había quedado como deuda, y era la de seleccionar las joyas arquitectónicas de la ciudad. Tarea sumamente difícil. Y aunque siempre habrá discrepancias hubo consenso en muchas obras. Algunas de ellas te las iré mencionando.
De este primer periodo sobresalen los edificios que se van a convertir en los rostros simbólicos de la joven República, concentrados esencialmente en la zona central de la urbe, próximos al Prado y a la zona antigua de la ciudad. Los edificios del Centro Gallego (1915), del arquitecto Paul Beleau (hoy Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso); la Asociación de Dependientes del Comercio (1907), hoy Academia de Ballet, del arquitecto Arturo Amigó; el Centro Asturiano (1927), hoy Edificio de Arte Universal del Museo Nacional de Bellas Artes, del arquitecto Manuel del Busto; el Capitolio Nacional (1926-1929), de los arquitectos Raoul Otero, Govantes y Cabarrocas, Eugenio Rayneri Piedra, José María Bens Arrarte y otros; la Lonja del Comercio (1908), de Tomas Mur; la Universidad de La Habana (1906-1940), en la que intervinieron varios arquitectos a lo largo de los años, pues están los edificios del campus de la Colina en sí, y luego otros en la Avenida Carlos III (entre los principales arquitectos que trabajaron en esa magna obra, menciono a Pedro Martínez Inclán, la firma Moenck y Quintana, Joaquín Weiss, Manuel Tapia Ruano y Esteban Rodríguez Castells); y el Edificio Bacardí (1931), del arquitecto Esteban Rodríguez Castells.
Centro Gallego, 2022. Foto: Ruslan Muñoz.
Centro Asturiano, 2022. Foto: Ruslan Muñoz.
Capitolio, 2024. Foto: Ruslan Muñoz.
Edificio Bacardí, 2025. Foto: Ruslan Muñoz.
Hay un grupo de obras residenciales y religiosas que expresan también el ascenso y la consolidación de una burguesía poderosa, que adoptarán el eclecticismo como expresión de sus gustos estéticos. En general, se hicieron muy buenas obras, fue una etapa floreciente, pero a la vez convulsa socialmente, que tendrá su final con la crisis económica, la caída de Machado y la Revolución de los años treinta.
El segundo periodo, aún agitado y en recuperación por años de inestabilidad, estuvo marcado por una asimilación de corrientes de renovación arquitectónica. Se buscaba una nueva modernidad, ahora enfocada hacia la funcionalidad de los espacios, en la estética de volumetrías más limpias, despojadas de ornamentaciones. Las influencias del llamado arte moderno y arquitectura moderna comienzan a extenderse en el panorama arquitectónico habanero.
A finales de los treinta e inicios de los cuarenta se construirán importantes edificios públicos, como Maternidad Obrera, del arquitecto Emilio de Soto; el Hospital Militar Carlos J. Finlay, y el conjunto cívico del antiguo Cuartel Columbia, hoy Ciudad Escolar Libertad, del arquitecto José Pérez Benitoa. Será un proceso de maduración de los códigos modernos, de consolidación de la práctica profesional, de eventos nacionales e internacionales que van a influir enormemente en el pensamiento de los........
