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Luis Manuel García Méndez: “La Habana de mi memoria se mantiene intacta”

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De mi generación, probablemente Luis Manuel sea uno de los autores que más ha escrito y publicado. Por su trabajo literario ha recibido una buena cantidad de reconocimientos, entre otros los premios David, Unión, Casa de las Américas… Por solo citar los concedidos en “el patio”. 

Conocí su literatura en los albores, allá por 1985, cuando preparé la colección de jóvenes cuentistas cubanos Hacer el amor, por encargo de la casa editorial Abril. Me pareció entonces que su temperamento artístico se expresaba a través de la mirada lúcida de un hombre hecho a trasegar con las ciencias, lo que le daba un matiz singular entre los otros narradores convocados por mí: Leonardo Padura, Senel Paz, Miguel Mejides, Arturo Arango y Francisco López Sacha. Venturosa selección aquella, pues todos estos escritores devinieron figuras de primera línea dentro de la literatura nacional.

Hacer el amor tuvo una secuela: Deshacer el amor, publicado en 2010 por la editora de la Universidad Veracruzana [México]. Mismos autores, 25 años después, pero ahora con cuentos de desamor. Para la edición cubana de ambos títulos en un solo tomo, inevitablemente titulada Hacer y deshacer el amor (Ed. Unión, 2015), le pedí a los “encartados” que se recordaran a sí mismos en el año en que habíamos emprendido esta aventura intelectual, y que intentaran detectar qué quedaba aún de aquellos jóvenes que fueron. Entonces me dijo Luis Manuel:

“En 1985 acababa de cumplir 30 años. La adrenalina y la testosterona circulaban a tal velocidad por mi cuerpo que habría dado positivo en cualquier control antidopaje. (…) De pronto me sorprende, al afeitarme, ese viejo calvo que me mira desde el espejo con cara de yo no fui. Y lo peor es que él sí fue. Más allá de la imagen, de aquel joven queda una infinita curiosidad que no ha menguado con los años, la pasión por las palabras, la necesidad de seguir contando historias, el deseo de reinventarme cada mañana, de que algo nuevo me sorprenda, me emocione, me conmueva, me permita sentirme vivo y deudor de todos los hombres y mujeres que me han precedido. Y si en aquel joven hubo altruismo, ingenuidad, civismo y la vocación de ser honrado aun a riesgo de asumir las consecuencias, en este señor que me mira desde el espejo habita la misma vocación, aunque a sus sesenta años no es más tolerante (esa palabra mezquina), sino más abierto e incluyente: vivir en varios países y culturas ha expandido su cosmovisión y abolido muchos prejuicios de los que aquel joven adolecía.”

Poeta, narrador, periodista, geólogo, guionista cinematográfico, conferencista y académico, todo eso es este joven cubano-español de 72 años que se enfrenta, “a tiempo y sonriente”, al cuestionario que le extiendo ahora desde OnCuba.

Naciste “entre La Habana Vieja y Centro Habana”, el 1 de enero de 1954. ¿A la sombra del Capitolio?

Para ser exactos, nací en las Católicas Cubanas del Cerro. Supongo que allí pasé el tiempo indispensable para que mi madre se repusiera del parto. Hasta los 24 años viví en la casa de mis padres, a una cuadra del Prado. Cada mañana mi primer paisaje era azul: el oleaje del Caribe contra el faro del Morro. De noche me bastaba contar, en lugar de ovejitas exóticas, los rafagazos de luz en la pared contigua a mi cama. Dos destellos seguidos y un intervalo de 15 segundos hasta los dos siguientes. Mis sueños infantiles no encallaron gracias a los destellos del faro. Mi ventana daba directamente a la azotea de la embajada española en La Habana. Otro anticipo del porvenir.

¿Cómo era la vida de tu familia antes de 1959? 

Mi padre era especialista en ingeniería de Maquinaria Canímar, subsidiaria de la estadounidense Link-Belt, situada en Morro entre Refugio y Trocadero, frente a la estatua de Zayas. Y mi madre era secretaria en el Banco Nacional. Vivíamos alquilados en un apartamento no demasiado grande, con teléfono, televisión, un Chevrolet de 1955 y una empleada del hogar que ayudaba a mi abuela en las labores de la casa. Clase media baja.

Más allá de lo económico, todos los días me congratulo de que mis padres me concedieran el lujo de una infancia feliz. Solíamos viajar por Cuba de vacaciones y, los fines de semana, a la finca de mis tíos en las afueras de Santiago de las Vegas. Un rito dominical que se interrumpió a mediados de los 60. Cumpliendo una tradición de los últimos 66 años, la mitad de mi familia, incluida una larga saga de primos, emigró a Estados Unidos, mientras la otra mitad mantuvo una fe incombustible en lo que, para abreviar, llamaremos Revolución. Mi infancia terminó en 1968, cuando mi madre murió de cáncer antes de cumplir los 40. Una orfandad que nunca ha suturado.

El triunfo de la rebelión te sorprende con cinco años. ¿Cuáles son tus recuerdos más antiguos de la nueva etapa que se inauguró en Cuba con la instauración del Gobierno revolucionario?

El primero de enero de 1959, coincidiendo con la huida de Fulgencio Batista y el triunfo del Ejército Rebelde, cumplí cinco años. De ese día, mi único recuerdo es una dolorosa quemadura en los dedos de la mano derecha al manipular fuegos artificiales. Premonición del tiempo que me tocaría vivir: de no manipularlo con cuidado, me quemaría los dedos. Ese día o poco después, mi padre salió con una mandarria a destrozar parquímetros y yo fui detrás con un saco recogiendo monedas. A hombros de un tío vi pasar la comitiva rebelde camino al Campamento de Columbia, hoy Ciudad Libertad. Pero la nueva etapa traspasó la frontera entre el espacio público y el privado con la sorpresiva desaparición de mis primos, inexplicable hasta mucho después.

Estudiaste en Vento, centro educacional para niños de altos coeficientes de inteligencia. 

La Escuela Vocacional de Vento fue el prototipo de la Vocacional Lenin, que se fundó estando yo en la universidad. Allí tuve una excelente plantilla de profesores. A ellos, mi gratitud. Un programa muy exigente me preparó para cursar la universidad sin tropiezos. En muchas escuelas en el campo comenzaba a proliferar el llamado “promocionismo”, pero Vento fue ajeno a esas prácticas. Durante esos años, como todos mis contemporáneos, corté caña, recogí papas, exterminé bibijaguas, chapeé y guataqueé suficientes hierbas para abastecer una vaquería durante varios años, fui perforador de petróleo y de minerales, pero lo que detestaba era estudiar internado, el confinamiento con pases cada dos semanas. 

Subíamos a fumar en la azotea y ver la libertad de lejos: los autos que pasaban por la Avenida de Rancho Boyeros. Pero nadie me obligó. Fue mi decisión. Al matricular allí, quedé exento del Servicio Militar Obligatorio, que hubiera significado dos años de retraso en mi vida académica. Desde entonces odio la disciplina militar: ser un tornillo de la gran maquinaria. Una vida signada a golpes de trompeta desde que Fidel obsequió a la escuela un disco con los toques de diana del Ejército Libertador.

En Vento comenzaste a “cometer” poemas. ¿Cómo un pichón de bardo deviene ingeniero geólogo para, unos años después, volver a “ensimismarse sobre la página en blanco”?

De niño, soñándome un Tom Sawyer del Almendares, escribí un diario en cuadernos de tapas naranja. Mi maestra de quinto grado vaticinó que me dedicaría a las letras, pero yo aspiraba a ser científico y, armado con un peligroso Manual de Ciencias de la UNESCO, realicé experimentos que terminaron en humaredas, butacas incendiadas y vapores irrespirables. Desde entonces data mi vocación dual por las ciencias y las letras. 

En Vento ingresé al círculo de interés de Geología, al tiempo que garabateaba mis primeros poemas y los destruía a la misma velocidad. Quizás mi incipiente vocación literaria sea un mal pasajero, como el acné, pensé entonces. Comprobada mi vocación por la intrahistoria del planeta, calculé: si mi destino fuera la literatura, regresaría a ella estudie lo que estudie. En cambio, si el futuro filólogo descubriera que su verdadera vocación........

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