Detrás del balón: ¿es posible despolitizar el fútbol?
Se suele decir que, al igual que la religión, el fútbol es también el opio del pueblo. Esta expresión sugiere que el fútbol funciona como una distracción masiva capaz de adormecer la conciencia social y política de las personas. Sin embargo, esa afirmación solo es parcialmente cierta. El fútbol no constituye únicamente una herramienta de manipulación al servicio del poder; también es una pasión popular que permite a millones de personas expresar sus emociones, construir vínculos comunitarios y encontrar momentos de alegría en medio de las dificultades cotidianas. Puede ser instrumentalizado por quienes detentan el poder —como ocurre con la FIFA y con numerosos gobiernos—, pero también es goce, memoria, identidad colectiva y dignidad popular.
El domingo 19 de julio, el mundo entero estuvo expectante ante el desenlace de la final del Mundial de Fútbol 2026, en la que Argentina y España disputaron el título de campeón del mundo. Mientras comentaba los entretelones del encuentro en un grupo de WhatsApp con amigos, señalé que, en cierto sentido, no solo se enfrentaban dos selecciones nacionales, sino también dos posiciones políticas diferenciadas respecto al conflicto entre Israel y Palestina. Por un lado, España, cuyo gobierno ha sido uno de los más críticos de la ofensiva militar israelí contra el pueblo palestino; por otro, Argentina, cuyo gobierno ha mantenido una de las posiciones más cercanas a Israel y de mayor respaldo al sionismo en América Latina.
Naturalmente, esta afirmación requiere un matiz. Sería un error identificar automáticamente a un gobierno con toda la sociedad que representa. En Argentina existen amplios sectores que cuestionan la política exterior del presidente Javier Milei y condenan la ofensiva israelí contra el pueblo palestino. Del mismo modo, en España no toda la ciudadanía comparte la posición asumida por el gobierno de Pedro Sánchez frente a ese conflicto. Sin embargo, en el plano internacional son las políticas oficiales de los gobiernos las que proyectan la imagen política de un país.
Una amiga del grupo intervino entonces para decir que la política era aburrida y preguntó cuál era la necesidad de mezclarla con algo tan apasionante como el fútbol. Le respondí que el fútbol, la política y la religión son, probablemente, tres de los ámbitos de la vida social que más ilusiones despiertan y, al mismo tiempo, más profundas decepciones provocan.
Al día siguiente, camino al trabajo, comencé a reflexionar sobre aquella conversación. Pensé en la extraordinaria capacidad del fútbol para convertirse en un mecanismo........
