Bolivia: ese pequeño país convencido de haber inventado la complejidad
Hace algunos años fui invitado a un seminario internacional para hablar sobre economía y política boliviana. Era uno de esos encuentros donde especialistas estudian conflictos, crisis y rarezas institucionales de distintas partes del planeta; es decir, un hábitat natural para académicos que sobreviven gracias a convertir el caos humano en presentaciones.
Como corresponde a un intelectual boliviano en misión diplomático-académica, adopté mi habitual expresión de gravedad epistemológica y pronuncié una de nuestras frases nacionales favoritas:
“Bolivia es un país profundamente complejo, atravesado por contradicciones étnicas, de clase, regionales y políticas, inmerso en un torbellino dialéctico multidimensional…”
Mientras desplegaba aquella nube conceptual cuidadosamente nebulosa, advertí que un participante de la India me observaba con los ojos muy abiertos. No era admiración. Era algo entre curiosidad antropológica y preocupación clínica.
Terminó mi charla. Llegaron los aplausos reglamentarios, ese protocolo universal mediante el cual las audiencias agradecen que el expositor finalmente haya dejado de hablar.
El colega indio se aproximó con genuina cordialidad.
—¿Cuántos habitantes tiene Bolivia?
—Unos diez millones —respondí, orgulloso.
—¿Cuántas nacionalidades?
—¿Tamaño de la economía?
—Algo........
