Delirio faraónico
Ahora que Evo Morales reapareció en Bolivia con un retoque negro alrededor de los ojos —al estilo del delineado coqueto de Cleopatra— vale la pena recordar su actitud faraónica, cuando tenía todo el dinero del país a su disposición, y lo usó en empresas destinadas a quebrar y en gastos superfluos cuyo costo económico y social pagaremos durante muchos años.
A los faraones los enterraban con sus joyas, sus sirvientes y sus gatos, pero nuestro faraón local, mezcla de señor feudal y neodictador, se resiste a ingresar a los pasillos oscuros de la pirámide del olvido. Y no conviene tampoco olvidar las consecuencias de sus actos.
Salimos de 20 años de delirios faraónicos y todavía hay quienes creen que fue un periodo de bonanza. Lo fue en términos de que Bolivia tuvo diez años de boyantes de ingresos como nunca había tenido a lo largo de su historia. La subida de precios internacionales de las materias primas entre 2005 y 2015 hizo que el país recibiera, cinco veces más dinero que a lo largo de los 100 años anteriores. Un economista podrá hacer el cálculo exacto, pero esa es una proporción aproximada que no podrá desmentir ni siquiera el funcionario del MAS, antiguo títere de Evo Morales, ahora sumido en el olvido de la prisión preventiva por juicios de paternidad y corrupción familiar.
El problema es que esa enorme suma de dinero se dilapidó y no benefició a la población. Podría titular este artículo “obras son horrores”, porque de todo el gasto público que se hizo durante los catorce años de gobierno autoritarios, menos de un 10% sirve para algo, y el resto son recursos gastados irresponsablemente.
Los emblemas mayores de esos recursos malgastados ya los conocemos y han sido oficialmente expuestos por el nuevo gobierno: la planta de urea de Bulo Bulo, el ingenio azucarero de San Buenaventura, la sede mastodóntica para UNASUR, el hierro del Mutún, la terminal aérea presidencial en El Alto, el nuevo palacio de gobierno, el fastuoso museo en Orinoca construido en un pueblo que no tiene ni alcantarillado (pero es donde nació el faraón), las empresas que se crearon ya quebradas como nichos de corrupción: Papelbol, Cartonbol, Enatex, Quipus, etc. Todas obras faraónicas salidas de la cabeza de un hombre acomplejado, enfermo de poder, y de mansos seguidores que obedecían ciegamente sus órdenes porque se beneficiaban de la cascada piramidal de corrupción.
Podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que absolutamente todos los proyectos del Programa Bolivia Cambia, Evo Cumple, ejecutados a través de la Unidad de Proyectos Especiales (UPRE) que se manejaba de acuerdo a los caprichos demagógicos del cacique, no sirven para nada o tienen serios problemas de factibilidad, diseño y construcción (cuando existen, porque algunos desembolsos se esfumaron y las obras sólo figuran en el papel).
Si bien Orinoca, Bulo Bulo o San Buenaventura son casos emblemáticos por la cantidad de recursos invertidos, hubo miles de proyectos medianos y pequeños que se ejecutaron según el mismo patrón: obras contratadas sin estudios de prefactibilidad y factibilidad, sin licitaciones públicas, contratadas arbitrariamente de manera directa con empresas no calificadas para realizar las obras, a veces creadas instantáneamente solo para recibir una tajada del presupuesto. Eso, en palabras llanas significa una sola cosa: corrupción.
En febrero de 2026, la Oficina Técnica para el Fortalecimiento de Empresas Estatales informó que 64 de las 67 empresas públicas creadas por los gobiernos masistas registran pérdidas económicas y que el déficit acumulado supera los 8.000 millones de bolivianos. El director ejecutivo de esa oficina estatal confirmó que “14 empresas se encuentran en quiebra técnica, por lo que las pérdidas superan el valor de la inversión inicial”. Entre las compañías en estado crítico está el ingenio azucarero de San Buenaventura, Quipus, Papelbol y la Empresa de Servicios Aéreos. Las únicas tres empresas públicas que generan utilidades son son Yacimientos Petrolíferos........
