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¡Cómo nos engañan!

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Los sindicalistas de los años 70 conocimos el pináculo histórico del movimiento obrero vasco. Nunca jamás la clase proletaria había conseguido tantas conquistas: huelgas victoriosas, contratos fijos, revisiones salariales… La familia se mantenía con un jornal y en menos de 10 años se pagaba un piso nuevo. El trabajo doméstico de la mujer sostenía la economía familiar y el cuidado de los abuelos, que dejaban su patrimonio en casa. Ergo, aunque no retribuido en el mercado, era altamente productivo. La existencia de la Guerra Fría, la competencia soviética y el miedo a las revoluciones, posibilitó aquel sindicalismo poderoso, el estado de bienestar. En el horizonte, la estrella del Che, el socialismo mundial y la independencia de los pueblos.

En aquella ecuación faltaba el derecho pleno de la mujer a desarrollarse en el mundo de la universidad, del trabajo creativo, de la independencia económica, y en estas estábamos cuando, en 1989, cayó el muro de Berlín. Era el triunfo global del capitalismo, que comenzó a fraguar cómo recuperar las plusvalías que le habíamos arrancado merced al temido hermano soviético.

Y de pronto, el sistema se hizo “feminista”. Todas las mujeres, todas, debían salir al mercado laboral. Fue el primer gran movimiento migratorio, que aplaudimos pero que tenía su trampa. En pocos años, para comprar el mismo piso, hacían falta dos salarios y el triple de años de hipoteca. Hoy día, los obreros y obreras de mi antigua fundición cobran la mitad de lo que cobrábamos en los años 70. Hombres y mujeres, ocho horas, “amarrados a la cadena de la vil explotación”, como cantaba Lucio Urtubia.........

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