Más allá de todas las verjas
Hace muchos años, en los campamentos que el colegio organizaba cada verano en una finca rústica de la provincia de Girona, había una noche en que jugábamos al cerco, una actividad lúdica en la que se formaban dos grupos, uno de chavales que debían vigilar una zona concreta, un perímetro marcado, y otro de monitores que intentaban entrar en ese espacio controlado. A lo largo de varias horas, favorecidos por la oscuridad, camuflados con ropa y pintura negra en la cara, los asaltantes buscaban puntos vulnerables, huecos a través de los cuales pudiesen penetrar en la fortaleza. No sólo sacaban provecho de su disfraz, sino de ese temor que teníamos muchos de nosotros, todavía niños, a toparnos de golpe con lo desconocido, con unos individuos que de día eran muy familiares, pero que unas horas más tarde, durante el cerco, se convertían en seres extraños dispuestos a invadirnos.
Tiempo después, al final de la adolescencia, poco antes de la mayoría de edad, volví una última vez a aquel campamento del colegio, pero ahora en condición de monitor. La estación del año era la misma y el lugar era el mismo, aquella extensión de prados y bosques, aquel bonito valle metido entre las montañas del Pirineo. También entonces se organizó el cerco en una de las noches sin luna y, sin embargo, ahora yo había cambiado de bando, ahora yo era........
