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El futuro de la oligarquía tecnológica

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10.05.2026

Llevo toda mi vida reclamando que los sistemas políticos superen su fijación obsesiva en lo inmediato, que atiendan más al largo plazo, y no vi venir la posibilidad de que la apelación al futuro pudiera tener una componente ideológica muy inquietante. La fijación en lo inmediato, en el rendimiento –tanto a nivel individual como en el plano político– tiene efectos catastróficos sobre nuestra psicología y sobre la convivencia social; pues bien, en vez de corregir estas disfunciones, buena parte de las élites tecnológicas dan por descontado el colapso y se limitan a fantasear acerca del modo como pueden salvarse unos pocos.

Se ha ido construyendo en estos años esa ideología que Naomi Klein y Astra Taylor denominaron “fascismo del fin de los tiempos” (2025), una combinación ideológicamente mediocre de capitalismo ultraliberal, el viejo elitismo antidemocrático y una cutre teología para dummies. Su principal característica es que tiene una concepción negativa del futuro cercano y una positiva del futuro lejano. Desde Silicon Valley ya no llega aquella narrativa utópica de los libertarios de antaño sino el recital de un inevitable colapso. Tenemos, por un lado, a Peter Thiel anunciando la llegada del Anticristo (que personifica en Greta Thunberg, Alexandria Ocasio-Cortez e incluso en León XIV) y, por otro, a Sam Altman, CEO de Open-AI, con un discurso apocalíptico sobre el desarrollo de la tecnología, algo que no es tan incoherente si tenemos en cuenta que las advertencias respecto de la tecnología se han convertido en su mejor propaganda. Algunos de los que defendían una moratoria no han dejado de hacer caja con la Inteligencia Artificial. El futuro que vende Silicon Valley no es utópico sino devastador, siniestro e inexorable. Ya no es aquel que prometía democratización y oportunidades para todos con el despliegue tecnológico, sino el de la supresión de puestos de trabajo, aceptada la derrota ante el desastre climático, y en el que la supervivencia solo será posible para unos pocos, una supervivencia en búnkeres o en Marte, que tampoco parece muy atractiva. Desde el punto de vista político son reaccionarios con el eje temporal invertido: en vez de acomodarse en un pasado supuestamente sublime, apelan a un futuro igualmente esquemático y sobrecogedor.

Se llama “largoplacismo” (longtermism) a la teoría Toby Ord (2020) y William MacAskill (2022) según la cual la humanidad se enfrenta a unos riesgos existenciales (Bostrom 2002) que le obligan a elegir entre la auto-destrucción y la continuidad de la especie. Al convertirlo en un programa de acción, los tecnoligarcas cuentan con que les creamos en dos cosas: que su diagnóstico catastrofista es correcto y que ellos representan la mejor solución (no para impedir el colapso sino para gestionarlo........

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