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El precio de pactar con el “diablo”

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20.07.2026

El próximo 20 de julio se instalará el nuevo Congreso de la República para un período constitucional de cuatro años. Como ocurre al inicio de cada legislatura, todas las miradas estarán puestas en la elección de las mesas directivas del Senado de la República y de la Cámara de Representantes. Allí comenzará a definirse el equilibrio político del nuevo cuatrienio.

No se trata de un simple acto ritual, formal. Y no lo es porque quien accede a ese cargo controla la dirección del Congreso de la República, tendrá una influencia decisiva sobre la agenda legislativa, el ritmo de los debates y la capacidad del Gobierno para sacar adelante sus iniciativas. Quien presida será, además, quien imponga la banda presidencial el próximo 7 de agosto. La elección enviará un mensaje político que trascenderá ampliamente el reparto de dignidades.

Como ocurre en todas las democracias, el Gobierno necesita construir mayorías. No tiene nada de ilegítimo que el presidente electo y su ministro del Interior busquen acuerdos con los congresistas para garantizar gobernabilidad. Esa es la esencia de cualquier sistema presidencialista en el que ningún partido dispone, por sí solo, de las mayorías necesarias para gobernar.

La verdadera discusión no se efectúa en el Gobierno. Está en los partidos, especialmente en aquellos que durante la campaña construyeron su identidad alrededor de la oposición al proyecto político que está a horas de terminar su mandato y prometieron ejercer una forma distinta de hacer política.

La posibilidad de respaldar acuerdos que favorezcan a un dirigente de un partido tradicional, en lugar de defender una candidatura propia para la Presidencia del Senado, ha generado una........

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