Los sonajeros ideológicos de la izquierda hispana
Los sonajeros ideológicos de la izquierda hispana
Durante el difunto siglo XX, la gran nación industrial de América Latina fue Argentina. Pero en el XXI, ese puesto pasó a ocuparlo Brasil y México.
En política, cuando no se posee nada relevante que decir, nada de nada, el problema es que algo hay que seguir diciendo. Porque la política es como la radio: también vale todo excepto quedarse mudo ante el micrófono. Y justo ese es el problema que arrostra la izquierda hispana, además a ambas orillas del Atlántico. Así las cosas del vacío ideológico, la de aquí, la nuestra, cree que será factible ocultar la definitiva carencia de algo que recuerde –siquiera de modo lejano– a una visión propia del mundo, aferrándose a la bandera de los travestis y otras minorías sexuales. Al cabo, su tránsito doctrinal se puede resumir, parafraseando el título de una película mítica de Basilio Martín Patino, con un del rojo al arco iris.
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Pero la izquierda del otro lado, en concreto la de México, quiso solventar idéntico incordio, ese derivado de su propia oquedad ideológica, fabricando un bonito muñeco de paja con la figura de Hernán Cortés, les guste o no, el genuino padre biológico de su nación. Extraordinariamente gallarda y audaz cuando se trata de afear la conducta histórica al jefe de la Casa de Borbón, esa misma izquierda azteca se rila, y por norma, frente a cualquiera que mande en los Estados Unidos, medroso temor a los yanquis que roza el pánico escénico cuando se trata de Donald Trump.
Durante el difunto siglo XX, la gran nación industrial de América Latina fue Argentina. Pero en el XXI, ese puesto pasó a ocuparlo Brasil y México. Así, desde que George H. W. Bush tuvo la brillante ocurrencia de firmar un tratado de libre comercio con Canadá y México, ese país exporta cantidades ingentes de fentanilo e inmigración ilegal a sus vecinos del norte y, a cambio, importa cientos de miles de puestos de trabajo industriales, los de las corporaciones que abandonan Estados Unidos para pagar sueldos bajos al otro lado del Río Grande. Un negocio redondo para Sheinbaum y una desgracia no menos redonda para Trump. Y de ahí la utilidad del sonajero de la Conquista para desviar la conversación.
