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Derecho a soñar

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13.07.2026

Tenía 31 años cuando vi las primeras semifinales mundialistas de España; en cambio, mis hijos no han tenido que esperar ni la mitad para ilusionarse.

Casarse en año par es un error, no porque algún arcano numérico diga que es malo para los chakras, sino porque uno corre el riesgo de que el mundial o la Eurocopa le pillen en plena luna de miel en algún rincón lejano del planeta y uno se vea obligado a visitar las Cataratas del Iguazú o a cruzar en bicicleta el Golden Gate en vez de hacer lo que le pide el cuerpo: calzarse un Congo-Uzbekistán a las dos de la mañana. La frase se la leí hace mil años en Twitter, medio en broma, medio en serio, a Enrique Ballester, uno de los tipos que mejor escriben de fútbol, o de cualquier cosa en general; estoy seguro de que su lista de la compra es una lectura entretenidísima.

Cuando me casé aún no tenía redes sociales, por lo que cometí la temeridad de celebrar mi boda en junio de 2008, tres días antes del debut de España en la Eurocopa que acabamos ganando. El primer partido de la selección se jugó mientras volábamos a Nueva York; el segundo, instantes después de descender de la CN Tower de Toronto y comentar un número de veces indeterminado, pero sin duda excesivo, que desde ahí arriba se veía "Torontontero". "Por favor, si marca España no armes escándalo", fue lo que me dijo mi entonces reciente esposa, todavía........

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