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Raúl del Pozo, príncipe de los piratas

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12.03.2026

Raúl del Pozo, príncipe de los piratas

Raúl era sin duda el príncipe de los piratas, un príncipe noblemente dispuesto a perdonar al enemigo y siempre encantado de mezclarse con la plebe.

Dicen que ha muerto Raúl del Pozo, pero yo le veo donde le he visto siempre. Le veo en los pasillos de la sexta planta de Pueblo, en Huertas, 73, porque cuando yo le conocí ya no andaba por la quinta, donde estaba la tropa de infantería, salvo, decían, por las noches, cuando se armaban partidas de póker en el despacho de Cercadillo, el subdirector, que nunca supimos, los novatos, dónde guardaba el whisky, pero haberlo, haylo, como hubiera certificado Chema Pérez Castro, que guardaba la entrada. Le veo en aquella sexta donde había despachos para jefes de esto y de lo otro, y donde, al fondo, estaba el refugio de Opinión, sancta sanctorum donde firmaban Diógenes, Copérnico, Marlowe, Vidriales y Falstaff, que era él. Y le veo asomarse, discretamente, por la puerta de Documentación, allí en la sexta, de mañana, para rebuscar en los archivos la materia prima con la que montar sus columnas. Porque Raúl era un artista, pero como buen artista era buen artesano y sabía que para hacer volar las palabras había primero que componer las alas.

No sé cuándo exactamente regresó de su última corresponsalía, que fue, creo, en Londres, pero llegó en el momento justo, cuando el propio periódico, el de los sindicatos verticales, el vespertino que llenaba las tardes con titulares sensacionalistas se transformaba en campo de batalla y microcosmos de la Transición. Por voluntad propia o........

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