El bluf de la cultura valenciana
Patio de butacas del Teatre Principal de València. / Levante-EMV
Las editoras valencianas languidecen al hilo de la destrucción del tejido lector. La producción de cine autóctono apenas levanta cabeza y, cuando lo hace, emigra a Madrid a la velocidad con la que desaparecen las salas de exhibición. Los teatros pierden público y se clausuran escenarios por obra de reformas… o sine die. El mercado del arte es inexistente salvo dos o tres buenos coleccionistas, en un tiempo en el que los museos y espacios artísticos se vuelven localistas o se sumergen en propuestas ideológicas. Solo la música parece resistir esta decadencia extendida en la metrópolis de Valencia, aunque corrieron tiempos mejores cuando los presupuestos no eran tan magros y la orquesta de Les Arts era la envidia del país con batutas como las de Lorin Maazel o Zubin Mehta. Vayamos por partes.
Primero debemos fijar qué entendemos por cultura, lo cual no es sencillo. En términos antropológicos, la cultura constituye el conjunto de hábitos y mentalidades que describen a una sociedad. La tradición alemana emplea dicho término, la francesa prefiere definirlo como 'civilización'. A partir del siglo XX, la 'cultura' se convierte en un fenómeno occidental que arraiga entre la burguesía y las clases menesterosas, primero de forma elitista y, con el tiempo, difundida hacia todas las esferas sociales.
A día de hoy, tras décadas de culturización popular, se mezclan muchas más causas culturales que las teorizadas por los intelectuales en los años 60 del pasado siglo. Actualmente, en cambio, se entiende por gestión y gobierno de la cultura ámbitos que abarcan desde la protección y restauración del patrimonio histórico-artístico heredado al fomento de la creación, el mantenimiento de instituciones y profesionales para su divulgación o la subvención directa y fiscal de la llamada industria cultural, ese sector económico creado por la empresa privada para la producción de todo tipo de artefactos culturales.
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