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Adiós a Clausewitz

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14.03.2026

Lanzamiento de un misil iraní. / SEPAHNEWS / CONTACTO / EUROPA PRESS

Cuando la guerra lleva catorce días, todo va a peor. Para el pueblo sufriente del Líbano, de Palestina, de Irán, pero también para los pueblos del mundo, amenazados por la violencia de una economía desatada. Pero incluso para los americanos, por mucho que Trump diga que las grandes compañías ganan mucho dinero. No lo ganará la ciudadanía americana. La guerra le cuesta mil millones al día, y las previsiones económicas para salir con cierto orden del atolladero donde está el fisco americano se han desmoronado. Con la inflación presumible al alza, las bajadas de tipos previstas se alejan a pasos agigantados tras cada día de guerra.

Las potencias belicistas que han preparado, incentivado, escalado y decidido esta guerra no tienen ninguna capacidad de construir nada, desde luego, pero sobre todo no tienen armas para decidir los conflictos en los que ellas mismas se enredan. Incorporarse a este mundo, como anunció de forma imprudente la Sra. Ursula von der Leyen, es un acto suicida. Esas potencias solo saben producir laberintos de violencia, y solo pueden tornarla indefinida. Este cambio es decisivo para la comprensión de la guerra contemporánea.

Se trata de guerras sin decidir. Se vio durante años en Siria. Ciudades enteras fueron reducidas a escombros, pero los dirigentes no pestañearon. Millones salieron a la emigración, cientos de miles perecieron bajo los escombros, los campos quedaron sembrados de minas, los restos arqueológicos fueron destruidos, pero nada cambió. Al-Assad siguió siendo presidente, gobernando sobre ciudades espectrales y un pueblo fantasmal. Bastó que un viejo guerrillero reuniera la tropa suficiente para entrar en Damasco y tomar los palacios presidenciales para que el régimen acabara. Pero poner en pie una tropa capaz de tomar una ciudad, es lo que ni Trump ni Netanyahu pueden hacer.

Esa impotencia produce guerras sin decidir. Los ayatolás que han preparado a conciencia el inevitable enfrentamiento con Israel, y que no son menos belicistas ni fanáticos que Netanyahu o Trump, sino sus reflejos, lo saben, como lo supo el chavismo. Por eso han formado milicias que lucharán a muerte por la continuidad de sus regímenes. Ellos se preparan contra una improbable voluntad de toma de tierra y se arman para hacerla inverosímil. Y por odiada que sea la guardia revolucionaria iraní, el pueblo no se enfrentará a ella, porque odia más todavía al poder que lo bombardea. Ni siquiera un pueblo hambriento, ignorado y humillado, como el cubano, se alza contra su gobierno, por mucho que lo desprecie, porque no puede ser amigo de la potencia que lo pisotea.

Esta política no es efectiva para resolver los conflictos que ella misma provoca. Hamás no ha desaparecido, Hezbolá sigue ahí y los ayatolás oprimirán al pueblo iraní después de estas masacres. Vivirán bajo escombros, pero mantendrán con intensidad la enemistad contra Israel y USA. La violencia no cesará y emergerá de un modo u otro. En este sentido, no hay atisbos de que de estas guerras pueda surgir un orden nuevo. Se quiere destruir el frágil orden antiguo porque no dejaba manos libres para desplegar sus aspiraciones expansivas, con un anhelo de aumento de poder casi delirante. Sin embargo, se evita lo que en las viejas guerras permitía construir un orden nuevo, la toma de tierra. Ningún bombardeo rindió a Hitler. Lo que acabó con él fue tomar su búnker.

Los militares antiguos, que podían sacrificar a multitudes de seres humanos, tuvieron que emprender guerras elaborando la estrategia de forma extrema. La complejidad de la guerra que incluye una previsión de toma de tierra resultaba sumamente elaborada. El juego de aviación, marina, artillería, caballería blindada e infantería exigía una increíble capacidad logística y un estudio pormenorizado de preparación. Ahora todo esto ha quedado desarticulado, justo porque no se prevé la toma de tierra. La aviación y la artillería se convierten así en potencias destructivas, pero carecen de capacidad de resolución. Esta situación transforma la guerra de un modo que la hace depender por completo de la inteligencia.

Y esto es lo que ha sucedido en Venezuela y en Irán. Un topo tuvo que entregar a Maduro y otro ha tenido que revelar la reunión de la cima de la jerarquía clerical de Irán. Eso ha decantado el sentido de la oportunidad del ataque. Ahora bien, cualquiera que sea la lógica del oportunismo, no tiene nada que ver con la vieja lógica de la estrategia de un Estado mayor digno de ese nombre. Y ahí estamos. El oportunismo ha iniciado una guerra sin estrategia. No se sabe cuál será el siguiente paso, ni cómo se acabará. Clausewitz se levantaría de la tumba si se enterara de que el espíritu de la guerra está ahora determinado por los servicios secretos. Ellos pueden informar sobre un objetivo concreto, pero no pueden decidir la estrategia que desea solucionar poderosos conflictos.

Someterse a ellos como poderes directivos, que no distinguen entre Terror y guerra, equivale a introducirnos en un mundo oscuro, irracional, extremadamente falible y profundamente arbitrario, irresponsable y sobre todo criminal. No se viola el derecho internacional para construir otro. La violación presente es criminal, pero además estéril y estúpida. Y hacer seguidismo respecto de esa política implica abandonar todo lo que de digno ha forjado la humanidad durante siglos. Por eso estas guerras no aspiran a la paz, ni a decidir un conflicto, sino a la destrucción continua. Inauguran un reino indefinido de Terror, afín a la oscura dirigencia de los servicios secretos. En toda estrategia militar antigua siempre se incorporaba, desde el principio, el sustancial y perenne trabajo de la diplomacia. De eso dependía la seriedad de lo que llamamos Estado. Y eso destruyen estas nulidades desalmadas. Solo a eso llega su poder.

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