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Ni crítica ni autocrítica

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07.07.2026

El pleno de las Corts, en una imagen de archivo. / José Cuéllar/Corts

Desterrada la conciencia crítica del político (pongamos de izquierdas) cuando alcanza el poder, su traslado a la oposición tras la derrota electoral posee dos vías, la vía de la caricatura o la vía del retorno a la crítica abandonada durante el paréntesis temporal en el que ocupaba el despacho oficial. Ésta última, a diferencia de la primera, contiene muchos peligros, un océano de peligros. Porque el político “depuesto”, sumergido ya en la oposición, suele censurar hasta la tragicomedia las decisiones de su “sustituto” en el cargo, naturalmente del partido contrario, sin reparar en que durante su paso por el poder ni subsanó las dificultades que señala, ni dispuso los materiales imprescindibles para remediar los problemas deunciados, y ni siquiera entreabrió el mundo ideal que ahora le exige a su adversario que promueva. La crítica yace, pues, de este modo, en un fingimiento anulador de toda apariencia de credibilidad, y el político se va adentrando en un sistema de señales cuya conexión con la realidad es similar a la de un torero fuera del coso, como ese señor que discurre por las calles de Valencia con las banderillas colgando, el traje de luces descacharrado y la montera bien dispuesta, al que solo le falta templar con la capa la embestida de algún turista. Es normal que, contemplando las cabriolas argumentales de algunos actores políticos, la desesperanza cunda entre el vecindario, si es que todavía........

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