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La izquierda valenciana empieza a reconocerse en Extramurs

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31.03.2026

Oltra, aplaudida por los militantes de Iniciativa, en el séptimo congreso de Iniciativa del Poble Valencià. / Germán Caballero

Hay movimientos en política que no se anuncian. No hay acuerdos firmados ni estrategias declaradas. Pero algo cambia.

Como progresista, he vivido este fin de semana como ese momento en el que estás sentado en algún lugar, ya no estás cómodo y tu cuerpo te pide cambiar de postura. Esa sensación de alivio. 

Este final de marzo podría leerse como el reposicionamiento de Extramurs. Del Botànic, a Extramurs: el espacio se amplía. 

Extra (fuera) y murs (muros) de la ciudad (y del país). Más allá del muro, la derecha. Y digo Extramurs también porque la candidatura de Mónica Oltra se anunció en la Petxina (con la presencia de la coordinadora de Esquerra Unida Rosa Pérez) y, a pocas calles y casi en simultáneo, Esquerra Unida del País Valencià organizaba en su sede, en Borrull (el Botànic), un acto para hablar de “respuestas y reto para el País Valencià” con la presencia y participación del exvicepresidente por Podem, Rubén Martínez Dalmau. Una coincidencia llamativa y altamente significativa. 

Cada hecho, por separado, es perfectamente explicable. Juntos, sin embargo, sugieren algo más. No una unidad electoral. Pero sí un inicio de reconocimiento en tres direcciones: Compromís, Esquerra Unida y Podem. 

Es cierto que, antes de decidir si confluir, había una pregunta previa que la izquierda valenciana llevaba tiempo evitando: si sigue existiendo un espacio común desde el que pensar y actuar políticamente. Para dar respuesta, conviene, en este punto, ordenar el análisis.

La confluencia —antes o después de unas elecciones— no es solamente una cuestión moral, es también una cuestión institucional. El sistema electoral valenciano introduce incentivos concretos: puede penalizar la fragmentación en determinados escenarios, pero también permite la diferenciación estratégica cuando los espacios políticos están claramente definidos. Por eso, cualquier decisión sobre alianzas debería partir de un análisis riguroso de reglas, umbrales y costes. Pensar estratégicamente y no solo desde las vísceras. Pero ese plano no agota el problema.

La democracia no empieza en la urna. Empieza antes, en la conversación. Y conviene reconocer esto a pocos días del fallecimiento del filósofo alemán Jürgen Habermas. No en vano, la tradición habermasiana ha insistido ampliamente en ello: sin un espacio comunicativo compartido, no hay posibilidad de construir proyectos políticos estables.

Y eso es precisamente lo que parece empezar a reactivarse, aunque queden muchos pasos por dar. No una estrategia cerrada, sino algo más elemental: la existencia de espacios donde la izquierda vuelve a hablarse.

La coincidencia de estos días, y el abierto apoyo mostrado por Esquerra Unida a la exvicepresidenta, no es una anécdota. Puede leerse como un síntoma: la reaparición de una cierta permeabilidad entre actores que, hasta hace poco, operaban en compartimentos más estancos. Y eso tiene efectos.

No solo en términos mecánicos —electorales—, sino también en términos políticos y psicológicos. Para las bases militantes. Para los votantes. Para quienes, durante años, han reclamado algún tipo de entendimiento entre fuerzas que comparten un mismo espacio ideológico, aunque no siempre una misma estrategia o fin último.

Ahora bien, es importante no confundir planos (autonómico y municipal). Necesitarán lógicas de acción distintas. Confundir ambas escalas ha sido, en ocasiones, un error estratégico. Por eso, la cuestión no es solo si debe haber confluencia. Sino cuándo, cómo y en qué nivel tiene sentido plantearla.

Pero esa discusión llega después. Antes hay otra más básica: si la izquierda valenciana es capaz de volver a reconocerse como interlocutora –en un sentido casi literal del reconocimiento del que hablaba Axel Honneth–. Si es capaz de reconstruir un mínimo lenguaje común. Especialmente tras la brecha generada por las negociaciones y el resultado de las últimas elecciones autonómicas y municipales. Ahí había una herida.

Para sanar la herida política –podría llegar a decir el filósofo alemán– hay que conversar. Porque no hay unidad posible sin conversación previa. Y no hay victoria posible sin un sentido compartido.


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