Egoísmo sin yo
La inteligencia artificial más avanzada tiende a tomar decisiones racionales centradas en el propio interés, distanciándose de la cooperación y el bienestar colectivo. / IA/T21
Se habla más que nunca pero cuesta encontrar voces originales, autónomas, únicas. Somos víctimas de un proceso de homogeneización galopante que carga directamente contra el ser, contra la autonomía individual. Sin independencia, la persona es menos persona y más consumidora. Objetivo del sistema, conejo de indias. Menos sujeto y más objeto. Simone Weil habló de “egoísmo sin yo”.
Manuel Vicent ponía recientemente en valor las voces de sus entrevistados hace décadas. Reflexionaba sobre la profundidad y la enjundia de las respuestas: “No como hoy en que todo lo que oyes parece intercambiable”. Verdad a medias. Entrevistó a las élites políticas, culturales o científicas. Si lo hace hoy recibirá similares o mejores respuestas.
La homogeneización que preocupa afecta a la sociedad con menos suerte y posibilidades en la educación cultural. Son los que están sometidos a un bombardeo interesado de desinformación. O, mejor dicho, de información codiciosa que responde a un relato que busca la homogeneización. Busca la compra acrítica de un modelo de vida sujeto a intereses mercantilistas.
Ya no hay televisión alejada de las grandes plataformas; ya no hay Internet libre y siempre son virales los mismos influencers; ya no hay música que no esté sometida al algoritmo de una APP que financia el genocidio palestino. Todo bien cerrado, todo bien obediente. Incluso las respuestas son ya únicas. La verdad es la IA de Google con sus respuestas inmediatas que anulan el contraste de información. La verdad es ChatGPT opinando de todo sin que nadie ponga una valla entre su discurso político (sí, político) y la sociedad. Todo una voz, una única voz. La voz del amo.
Cuando parecen que se abren rendijas por las que se cuelan ciertos matices y críticas, rápidamente se observa que son grietas sesgadas que no van al origen del problema y que, por lo tanto, nada quieren corregir. Cambiar de amo no es libertad.
Arendt nos enseñó que el mal radical es una excepción pero puede extenderse como una epidemia gracias a la dejación de la responsabilidad común en la configuración del pensamiento crítico. El problema hoy no es la crueldad del amo, sino los voceros que la normalizan y el silencio egoísta del pueblo. Dice Gilles Lipovetsky: “La autoconciencia ha substituido a la conciencia de clase, la conciencia narcisista substituye la conciencia política”. Subjetividad alienada. Egoísmo sin yo.
