Mario Vargas Llosa o el retorno político
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Una sola cosa en común tienen todos los premios Nobel latinoamericanos: fueron o quisieron ser escritores de vanguardia y fueron o terminaron por ser hombres políticos. Es, por lo demás, lo que suele reprochárseles: a Neruda su comunismo, a Paz su lucidez, a Vargas Llosa su liberalismo. Es lo que en algunos casos apuró y en otros dificultó la llegada del premio. Es lo que les impide ser figuras de consenso en sus propios países. Si todos esos genios se hubiesen dedicado solo a escribir –dicen los amantes de la literatura pura, de la pura literatura–, si no hubiesen cantado a Stalingrado, no hubiesen sido candidatos a presidente, si no hubiesen pasado su tiempo alimentando polémicas y fatigando cuerpos diplomáticos, si les hubiese gustado menos el poder y más los libros otro gallo nos cantaría a todos sus seguidores.
Atendiendo a ese deseo para los escritores menores de 35 años, nos dice la revista Granta, la literatura no rima ya con militancia. Y no es que los jóvenes carezcan de opiniones políticas ni de ocasiones para sorprenderse u horrorizarse con las presidencias y las oposiciones de sus países. Separan, eso sí, literatura y militancia, prefiriendo la primera lo más pura posible y la segunda lo más ecléctica que se pueda. Escriben, la mayoría, sin la intención de salvar o representar, o siquiera destruir, a sus países. Sus apuestas, como sus obsesiones, son personales, sus creencias son mixtas, sus dudas razonables. Viven en muchas partes, participan de muchos debates al mismo tiempo, sus patrias son los libros, el idioma, la esposa, la novia, el gato, los videojuegos, las citas de libros viejos que nadie más lee. Lo mismo o peor sucede entre los nacidos después de 1965,........
