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Carta desde Barcelona: Paseos (imposibles) con mi abuela

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18.02.2026

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A veces me descubro mirando la ciudad con los ojos de una de mis abuelas, la que construyó con sus propias manos la casa de adobe en la que vivió casi toda su vida y de la que cuentan que casi le rebana el cuello a mi abuelo cuando le tiró una babucha mientras el hombre se afeitaba. Los recuerdo siempre peleándose, ella muy brava, sin amedrentarse nunca, encarnando una imagen muy distinta de la sumisión esencialista en la que fueron encerradas las moras por el relato colonizador. Me imagino rescatando a Mimunt de la muerte, del anonimato y de la aldea remota en la que creció para llevarla del brazo y observar su cara de asombro ante este extraño mundo que es Barcelona. O cualquier ciudad de este Occidente “civilizado” y moderno. Me gustaría escribir un “Paseos con mi abuela”, tan lleno de verdad y ternura. Me doy cuenta de que no sé cuál es el apellido de mi abuela porque en ese lugar anclado fuera del tiempo que era Beni Sidel no se nombraba a las personas por el nombre de familia sino que se enumeraban ancestros hasta donde alcanzara la memoria. Y a eso tampoco llego, a pesar de que cuando era pequeña esa lista de antepasados estaba presente en el día a día, yo no me acuerdo ni siquiera del nombre del padre de Mimunt. 

Nació y creció en esa dispersión de casas de adobe del norte de Marruecos, en un mundo rural preindustrial que parece sacado de un cuento, una leyenda. O en eso ha convertido mi imaginación de escritora los ya muy gastados recuerdos de infancia que sigo conservando de ella y todo lo que viví antes de los 8 años, que fue la edad en la que me trasladé con mi familia nuclear al interior de la provincia de Barcelona y dejé atrás una cotidianidad en la que mi abuela Mimunt era el centro de todo. Porque salía al campo, al río, a la fuente y yo la acompañaba siempre. Mi madre no traspasaba casi nunca........

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