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Medio Oriente: paradoja gramática y política

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03.02.2026

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En lengua árabe, la conjugación del tiempo futuro permite pequeños juegos de filosofía política y pragmatismo desde los cuales es posible asumir ciertos espacios de la realidad cotidiana, que, sobre todo durante el año pasado, construyeron la vida en Medio Oriente tanto para los países arabeparlantes como para Irán e Israel. Al conjugar en el idioma, los actos en futuro no se tratan como una figura verbal distinta a la original o primaria, se expresan modificando la palabra en presente, que se mantiene, pero con prefijos añadidos. Uno para el futuro cercano: saSawfa, para el lejano, antecediendo a la acción. Si se quiere ver para delante es necesario hacerlo al hoy. Incluso la perspectiva más distante caerá en la realidad inmediata del presente, la que nunca deja de estar y, por la dimensión de su peso, siempre se quedará ahí.

Esa condición lineal, no solo gramatical, debe tenerse en cuenta al revisar lo que pareció, sin serlo, una especie de epílogo al 2025 medioriental: el evento de octubre en ciudad de El Cairo, Egipto, para anunciar el cese al fuego en la franja de Gaza. Dos años habían pasado desde el ataque de Hamás en 2023. A meses de ese momento, cuando ha disminuido la atención mediática del planeta entero sobre Palestina e Israel, es más sencillo observar con prudencia todo lo que apenas se asomó en un júbilo que pedía algo de calma.

A la cumbre para la firma del acuerdo de cese al fuego en Gaza se le impuso el nombre de paz, en letras inmensas y blancas delante de una mesa con líderes y jefes de Estado a los flancos de Donald Trump, quien hizo del encuentro un acto acerca de él. Un escaparate que terminó mostrando cómo los espacios de mejor maniobra, para su segundo mandato en Washington, son más internacionales que locales.

He insistido en que la paz es una palabra tan grande que debería pronunciarse con cuidado y no existe sin el paso del calendario; cuando todos los ceses son, por definición, un respiro temporal al delirio de la brutalidad. Asistieron liderazgos, vinculados en mayor o menor medida con la región y sus dos últimos años. No lo hicieron los principales implicados y tampoco todos los secundarios, aunque la ausencia de Hamás o Irán era natural y la de Israel predecible, no eran presencias obligatorias para darle solidez. En su lugar, fueron faltas que representaron un grado de conformismo internacional con el alcance inmediato del plan estadounidense para la franja y exhibieron las maneras en las que la única voluntad política indispensable es la de la Casa Blanca. Para bien y para mal. En este momento, lo primero.

Antes de la ceremonia en El Cairo, Arabia Saudita, cuyo líder de facto tampoco asistió, había firmado un acuerdo de defensa mutua con Pakistán. Secuela del ataque de Israel sobre la delegación negociadora de Hamás en Catar, que sirvió de detonador para la presión de Trump hacia Tel Aviv, Doha, Ankara y El Cairo desde la cual se logró imponer la pausa. En Washington, la maniobra del gobierno de Netanyahu contra el país donde se encuentra la principal base militar estadounidense de la zona –y que representa una piedra angular en su arquitectura de seguridad regional, varios grados abajo, pero significativamente importante como lo es tácticamente su relación con Israel– perturbó el margen de operación de la Casa Blanca con sus alianzas árabes. Lo hizo, también, en las alianzas personales y comerciales de su inquilino. Para el reino saudí, como para el resto de sus vecinos, las garantías de seguridad estadounidenses, tomadas como una condición inalterable, coqueteaban con la caducidad tras el ataque en Doha y la alianza con una nación con capacidades nucleares –Pakistán es uno de los nueve países en posesión de bombas atómicas– enviaba el mensaje claro de una reorganización a los parámetros........

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