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El robo como una de las bellas artes

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I.

22 de agosto de 2004. Al fondo, el ala de un edificio blanco con grandes ventanales; al frente, el final de una calle; en medio, pasto; sobre él, dos hombres enmascarados que, cada uno con un cuadrado blanco en las manos, se dirigen hacia un pequeño auto negro –detenido exactamente bajo un letrero de “prohibido estacionarse”– donde un tercero, que nos da la espalda, los espera con la cajuela entreabierta. La fotografía, tomada a una prudente distancia por “el que nunca falta”, inspiró los encabezados del día siguiente: “Tan fácil como asaltar un puesto de periódicos.” Pero con el pequeño detalle de que no fueron precisamente una revista y un paquete de cigarros lo que los enmascarados se robaron. Noruega no daba crédito: esos cuadrados blancos llevados con torpeza por el césped no eran otra cosa que el revés de El grito y la Madonna de Edvard Munch.

 

II.

El mercado negro de arte y antigüedades pone en circulación, a decir del fbi, cerca de cinco mil millones de dólares al año. La Interpol lo ubica incluso en el cuarto puesto de los grandes negocios delictivos (después de las drogas, el lavado de dinero y el comercio ilícito de armas). Quizá las cifras sean nuevas; el asunto, en absoluto. El tráfico de obras de arte y tesoros antiguos robados es tan viejo como su compraventa (¿no desvalijaron los romanos unos cuantos templos griegos?); lo único relativamente reciente es que lo consideremos ilegal. Podrían llenarse cientos de páginas con sólo narrar los más célebres robos de obras de arte de la historia (desde el de la Mona Lisa, en 1911, hasta la........

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