Casa Rorty LXXII: Superioridad de la literatura sobre el cine o viceversa
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De cuando en cuando, las versiones cinematográficas de las grandes obras literarias traen a la conversación pública una vieja y repetida querella: ¿qué es mejor, el libro o la película? La Odisea de Christopher Nolan, que como era de esperar ha batido todos los récords de taquilla imaginables, ha reavivado el debate. Y es natural que los conocedores de la obra de Homero, incluidos algunos de sus traductores, hayan señalado que el director británico ha sido infiel al carácter del personaje original y prescindido alegremente del marco cultural en que se inscribe; lo que queda es una película de aventuras que funciona a ratos y transmite un mensaje confuso sobre la brutalidad de la guerra y su alianza con los intereses económicos. Pero también es verdad que hace cosa de un año se estrenó también la enésima adaptación de Cumbres borrascosas y se repitieron los clichés de siempre; al público que llena las salas, por lo demás, el asunto le resulta indiferente.
Se trata, en última instancia, de un debate estéril. Porque hay buenas películas que son malas adaptaciones, igual que hay adaptaciones fieles que son malas películas o buenas películas que son fieles adaptaciones del original. Y esa variedad de resultados no responde siquiera a la pregunta sobre qué es una fiel adaptación de la obra original. Sin embargo, también podríamos aprovechar estas adaptaciones para discutir sobre los méritos relativos de la literatura y el cine; al fin y al cabo, se pone en juego el contraste entre la lectura de una novela y el visionado (¿no hay mejor palabra?) de una película en una sala de cine, que es el lugar donde idealmente se ven las películas. ¿Tiene sentido afirmar que uno de estos dos medios artísticos es superior al otro? ¿Llega la literatura a donde no llega el cine? ¿O es el cine el que puede lo que no puede la literatura? He aquí un tema digno de atención.
Hace unos años, Janan Ganesh se preguntaba en su columna del Financial Times “por qué las novelas nos parecen más inteligentes cuando vamos al cine”, dando así ya por buena desde el título la idea de que las novelas son de hecho más inteligentes que las películas. Pero su argumento central, que se apoya en lo que dijo Martin Amis cuando le preguntaron en su día por la adaptación al cine de Campos de Londres, carece de originalidad: el cine se ocupa de la exterioridad y la ficción novelística de la interioridad. O sea: mientras los libros nos muestran lo que piensan o sienten los personajes, el cine nos muestra aquello que hacen. Y eso explicaría, dice Ganesh, por qué fracasan las versiones cinematográficas de las grandes novelas. Campos de Londres sería un ejemplo paradigmático: el cine no puede reproducir la brillante prosa de Amis, ni replicar en un par de horas la profundidad de un personaje al que el escritor dedica trescientas o cuatrocientas páginas. Tampoco las series televisivas serían capaces de crear personajes lo bastante densos, pese a tener más tiempo en sus manos; la conciencia de quienes actúan en pantalla sigue siéndoles inaccesible. Y el cine de los años sesenta muestra lo desastrosos que pueden llegar a ser los intentos por traducir a imágenes la conciencia de un personaje; las ensoñaciones y recuerdos del cowboy de medianoche al que interpreta Jon Voight en el film de John Schlesinger causan hoy, más de medio siglo después de su estreno, una invencible vergüenza ajena.
Barriendo para casa, el investigador neurocientífico Erik Hoel se expresa en los mismos términos: las novelas solucionan el conocido problema filosófico que plantean las mentes de los demás, a cuyo contenido nadie puede acceder y en consecuencia nos está siempre vedado. En el mundo imaginario que levantan los novelistas, en cambio, los estados mentales pueden describirse igual que una silla o una mesa. Ningún otro medio artístico posee esta capacidad, dice Hoel, como demuestra la comparación de la novela con el cine: las películas se ven forzadas a permanecer en el exterior de las personas y las cosas. ¿Acaso no decimos de una película que es “artística” cuando intenta parecerse a una novela y se esfuerza por describir el interior de un personaje? Hoel remata así la faena:
Por supuesto, el cine es un medio increíble y hermoso, pero los personajes suelen ser piezas de billar golpeados por los acontecimientos exteriores. Solo las novelas saben describir los profundos remolinos de la conciencia humana, que jamás puede reducirse a un acontecimiento exterior; es una espiral que gira en el interior de cada uno de nosotros y nos convierte en enigmas a ojos de los demás,........
