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Casa Rorty LXII: La gloriosa derrota del viejo alemán

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18.03.2026

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Nadie es eterno: ni siquiera Jürgen Habermas. Su fallecimiento a la venerable edad de 96 años ha causado poca sorpresa; las reacciones al mismo, sin embargo, presentan un notable interés. Y no me refiero tanto a los justos elogios vertidos sobre su figura colosal, ni al énfasis sobre su condición de último gran intelectual público de la vieja estirpe; tampoco, por cierto, a las objeciones que ha planteado esa izquierda académica que no le perdona su alemanísimo apoyo a Israel o el que nuestro hombre renunciase a profundizar la crítica radical a la sociedad moderna propuesta por los fundadores de la Escuela de Frankfurt, que Habermas llegó a dirigir entre 1964 y 1971: su apuesta por la democracia liberal y el Estado Social no podía sino considerarse tristemente burguesa por parte de quienes abogan por “superar” tanto la democracia como el capitalismo. ¡Algunos reclaman el monopolio del mejor argumento!

Semejante desencanto no deja de ser llamativo si tomamos en consideración que, como ha recordado Josu de Miguel en la reseña del libro de Philippe Phelsch que publicó esta misma revista, hubo una época –pongamos que entre finales de los años ochenta y finales de los noventa– en la que todos éramos habermasianos. Cuando me asomé a la teoría política, allá por la segunda mitad de la última década del siglo, así me lo pareció también; aunque me llamase la atención el contraste entre la racionalidad deliberativa propugnada por los comentaristas de Habermas y la racionalidad instrumental con que algunos de ellos se manejaban cuando las “escuelas” defendían a los suyos en una universidad española donde todavía no existía la ANECA. También recuerdo que un profesor dedicado al estudio de las relaciones entre derecho y literatura se quejó una vez en clase del influjo desproporcionado de Habermas en la filosofía del momento, sin que ninguno de los alumnos presentes –incluido yo mismo– comprendiese lo que decía.

En las últimas décadas, el auge de las identidades parecería señalar una derrota póstuma del racionalismo habermasiano ante sus contendientes multiculturalistas, poco interesados en someter a las minorías al debido examen deliberativo: el sentimiento manda y no cabe imaginar nada más alejado del talante de Habermas que la cultura de la cancelación que silencia al “otro” a golpe de shitstorm digital. Y lo mismo vale para el populismo, que ha venido a sumarse con fuerza al nacionalismo y a las distintas formas de extremismo ideológico en el catálogo de las fuerzas iliberales que descreen de esa democracia liberal que Habermas siempre se esforzó por defender. De ahí que asomase en las últimas entrevistas que concedió –una de ellas es la base de un libro del año pasado, Es musste etwas besser werden, traducido ya al inglés– la preocupación por el estado actual de las democracias.

Tras señalar en el curso de esa conversación que los miembros de su generación disfrutaron de una tendencia histórica ascendente, que todavía en la década de los noventa del siglo pasado parecía fructificar en una reorientación cosmopolita de la globalización, Habermas detectaba un cambio abrupto en el mundo de hoy. Sin descartar del todo que su sombrío dibujo de la situación mundial derivase del “pesimismo subjetivo propio de la vejez”, el filósofo no se abandonaba a la desesperanza y se aferraba a su kantiana concepción de los procesos de aprendizaje social:

Me he vuelto demasiado viejo para que la imagen de un ciclo desolador de culturas o potencias en ascenso y caída desplace mi intuición condensada, forjada a lo largo de mi vida, sobre los procesos de aprendizaje y sus efectos acumulativos en la historia humana; me refiero a la intuición de un progreso de la razón a largo plazo, repetidamente interrumpido por regresiones frecuentes.

Me he vuelto demasiado viejo para que la imagen de un ciclo desolador de culturas o potencias en ascenso y caída desplace mi intuición condensada, forjada a lo largo de mi vida, sobre los procesos de aprendizaje y sus efectos acumulativos en la historia humana; me refiero a la intuición de un progreso de la razón a largo plazo, repetidamente interrumpido por regresiones frecuentes.

En otras palabras, Habermas no dejó nunca de creer que el ser humano se enfrenta a las contingencias biográficas e históricas pertrechado con una libertad de acción y una autonomía de juicio que le permiten absorber algunas de esas contingencias. Puede apreciarse la distancia que separa a Habermas de los fundadores de la Escuela de Frankfurt, cuya “dialéctica de la Ilustración” veía en el uso de la razón la semilla de la autodestrucción humana, así como esa raigambre ilustrada que desemboca en una visión constructiva de la historia: aunque no vivamos en el mejor de los mundos posibles ni hay garantía alguna de que las cosas vayan siempre a mejor, el progreso material y moral de la humanidad no es un espejismo ni un simple “relato”, sino la evidencia de que nuestra especie es capaz de autorreflexión y aprendizaje.

El ideal y la realidad

Tiene sentido recordar esto porque –volviendo a las reacciones suscitadas por su muerte– uno de los reproches que se le han dirigido post mortem es que su teoría normativa ha quedado desacreditada por su falta de correspondencia con la realidad. De Habermas nos consta ante todo la tesis de que el ser humano se caracteriza por su capacidad para implicarse en acciones comunicativas orientadas al entendimiento intersubjetivo, de modo que la democracia liberal debe organizarse sobre la premisa de la deliberación pública. Nada es así más sencillo que reprocharle su desconocimiento de la realidad del sujeto sobre el que teorizaba desde las orillas del........

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