Casa Rorty LVII: Trump en Venezuela: diez tesis
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Donald Trump ordenó la captura de Nicolás Maduro y las fuerzas especiales estadounidenses ejecutaron la operación con sorprendente eficacia, llevándose al dictador venezolano a suelo norteamericano tras neutralizar las defensas del país caribeño y dejando unos cuantos cadáveres por el camino –muchos de ellos pertenecientes a una guardia de corps de origen cubano– para perplejidad del mundo entero. Desde entonces, la esfera pública ha sido un hervidero: no hablamos de otra cosa. Nos preguntamos si es legítimo –legal sabemos que no es– derrocar por la fuerza a un dictador; discutimos sobre derecho internacional y soberanía nacional. Y especulamos sobre el destino de la propia Venezuela, donde el cambio de régimen está lejos de garantizarse; las comparecencias de Trump no ayudan demasiado a hacerse una idea cabal de la situación. El magnate ha avalado a Delcy Rodríguez como presidenta encargada de ejecutar las órdenes de la administración norteamericana con vistas a transitar hacia no se sabe bien dónde y ha afirmado que el derrocamiento de Maduro –sobre quien pesan cargos por narcotráfico– debe servir ante todo a los intereses de unos Estados Unidos dispuestos a gobernar a la vieja usanza su patio trasero: Trump lanzó veladas amenazas a Colombia y México, piensa que Cuba puede caer ahora que ha perdido a un aliado y ha reiterado que desea anexionarse Groenlandia. Ni que decir tiene que la sorprendente captura de Maduro ha sacudido al populoso exilio venezolano y se discute con especial ahínco en nuestro país, donde el apoyo de parte de la izquierda al denominado “socialismo del siglo XXI” concebido en su momento por Hugo Chávez viene de lejos y ha llenado los bolsillos del más pintado. Para aclarar el significado y las implicaciones de tan singular acontecimiento, formulo a continuación diez tesis o argumentos de carácter –inevitablemente– provisional.
1. El parque humano experimenta en la actualidad una regresión hacia el primitivismo político que contrasta con la sofisticación creciente de su aparato tecnológico. Todos los países democráticos que se han deslizado hacia formas degeneradas de la democracia liberal presentan una constante: el poder se ha hecho más personalista y el hombre fuerte de turno concentra una capacidad de decisión que se aleja cada vez más del principio del gobierno limitado y no digamos del colegiado. Es el caso de la Hungría de Orban, de la Turquía de Erdogan, de la España de Sánchez; siendo mérito peculiar de este último que ha logrado sus fines sin obtener ni una sola mayoría absoluta. Y es el caso, obviamente, de los Estados Unidos de Donald Trump, donde se ha rescatado la doctrina del “ejecutivo unitario” para defender la concentración del poder en manos del presidente electo. Ninguno de estos países ha dejado por completo de ser una democracia, si bien ninguno de ellos puede considerarse ya una democracia plena. Más allá de matices constitucionales, lo que llama la atención en todos ellos es la influencia que sobre el destino de una sociedad puede tener la persona a la que se ha encomendado el gobierno: millones de personas sufren así las decisiones audaces que adoptan sujetos empeñados en dejar huella, pese a que no gozan sobre el papel de un poder omnímodo y están formalmente constreñidos por las leyes, además de ser examinados por el tribunal de la opinión pública y vigilados por los mercados. Mientras soñamos con la Inteligencia Artificial General y los vehículos sin conductor transportan a millones de personas, la dirección de un puñado de sociedades democráticas se somete con inquietante facilidad a la voluntad de un solo hombre: abundan los putos amos que hacen y deshacen sin que nadie sea capaz de detenerlos.
2. Pese a su aparente simplismo, la teoría del «gran hombre» como motor de la Historia gana credibilidad a ojos vista, manifestándose como una farsa hegeliana en la que el Espíritu Absoluto se repliega ante la vuelta de lo reprimido. Fue Thomas Carlyle quien formuló de manera explícita la teoría del gran hombre; lo hizo en ese siglo XIX caracterizado por el progreso tecnológico, las revoluciones liberales y el colonialismo europeo. A su juicio, son los individuos excepcionales de naturaleza heroica los que dan forma a la historia e influyen sobre los acontecimientos; su tesis contrasta con la que atribuye ese papel a los movimientos colectivos, las fuerzas sociales o las propias ideas. Si hay cambio, dice Carlyle, es gracias a individuos como Julio César, Napoleón o Lincoln. Podemos añadir a Lenin o Mussolini: todos ellos son distintos al resto y lo demuestran por medio de la acción. Y aunque la filosofía de la historia de Hegel –que tanto influyó sobre Marx– se expresa en términos abstractos como el proceso racional mediante el que el Espíritu Absoluto (la razón humana) se despliega con un movimiento dialéctico (de la tesis a la antítesis y de ahí a la síntesis), el susodicho Espíritu Absoluto también necesita de facilitadores mundanos; igual que la revolución proletaria era inevitable y sin embargo precisaba de la vanguardia comunista para llegar a buen puerto. Esos facilitadores hegelianos son los “individuos históricos” o “grandes hombres” que realizan las necesidades de la Razón incluso si actúan con arreglo a pasiones e intereses particulares: motores con frecuencia inconscientes de la historia universal, hacen posible un progreso social que se acelera en tiempos de desdicha; recordemos que Sánchez Ferlosio le estremecía aquella declaración de Hegel según la cual “las épocas de felicidad son páginas en blanco en el libro de la Historia”. Pues bien: si Donald Trump es un individuo histórico, sus acciones no parecen realizar los fines de la libertad humana; su desnuda afirmación de los intereses nacionales estadounidenses remite más bien a un estadio pre-ilustrado donde solo cuenta la fuerza bruta de la cada cual dispone. Queda abierta la pregunta acerca de si su egoísmo puede conducir de manera imprevista a resultados positivos: entendiendo por tales a la manera del utilitarismo una situación que sea mejor que la precedente para una mayoría de venezolanos. Y es que Trump podría ser simultáneamente un hombre providencial para los venezolanos y un agente regresivo para los demás; es pronto para decirlo.
3. Aunque el Derecho Internacional es una ficción necesaria, el Derecho Internacional no puede convertirse en el último refugio de los tiranos; que nunca haya existido un orden mundial basado en el cumplimiento coercitivo de las reglas no suprime la utilidad de un orden mundial basado en su cumplimiento voluntario. Buena parte de la discusión que ha seguido al derrocamiento de Maduro se ha centrado en la utilidad del Derecho Internacional y en la vigencia de un orden mundial basado en reglas: hablamos de la Doctrina Monroe y de las esferas de influencia como si se tratara de un pasado remoto que vuelve para sustituir a un orden liberal que se conforma durante la Guerra Fría y se consolida con el fin del comunismo. Establecemos así una oposición voluntarista entre dos idealizaciones simplistas: de un lado, el imperio del más fuerte en ausencia de cualquier norma; del otro, el completo sometimiento al........
