Casa Rorty LVI. Delirio y razón del familismo
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Uno de los temas de nuestro tiempo es el cambio demográfico, sobre el que se viene advirtiendo desde hace unos cuantos años y por fin empieza a discutirse en la esfera pública de carácter generalista. Para los demógrafos, es cambio y no crisis: la desaparición de la especie por falta de reemplazos suficientes queda demasiado lejos y no debería inquietarnos, aunque siempre hay quien se toma las cosas muy a pecho. Asunto distinto es que el descenso de la natalidad en casi todo el mundo, muy marcado en las sociedades desarrolladas, genere otra clase de preocupaciones: las que van del declive geopolítico y el estancamiento económico al debilitamiento de la cultura nacional o la sostenibilidad del bienestarismo estatal. Porque las bajas tasas de natalidad coexisten con un incremento de la longevidad: en ausencia de inmigración, la pirámide poblacional adoptaría la más inconveniente de las formas. Pero los intensos flujos migratorios de ahora mismo –menos intensos no obstante que los de finales del siglo XIX– suscitan agitados debates en las sociedades de recepción.
Natalidad e inmigración tienen algo en común: se trata de fenómenos que la política tiene serias dificultades para controlar. Ahí tenemos los esfuerzos baldíos de algunos gobiernos de la Europa oriental, como Hungría o Polonia, para aumentar el número de nacimientos: un querer y apenas poder. Algo parecido sucede con la inmigración, si bien hay estrategias más eficaces que otras y no es raro que los gobiernos digan estar luchando contra aquellos a quienes secretamente dan la bienvenida. Hablamos de una infinidad de decisiones individuales, que producen efectos colectivos por agregación; uno vive su propia historia y solo después comprende que dejar de tener hijos o emigrar a otro país acarrea consecuencias sociales si muchos otros hacen lo mismo que hacemos nosotros. De ahí que el debate sobre estos asuntos dé a menudo la impresión de ser un ejercicio de impotencia: discutimos sobre algo que no sabemos arreglar. Máxime cuando ni siquiera estamos de acuerdo sobre lo que hubiera de hacerse: unos quieren inmigrantes y otros no; hay quien lamenta que los demás no tengan hijos y luego está el que lamenta que los tengan.
Quienes se sienten concernidos por los bajos índices de natalidad, como se acaba de señalar, aducen distintas razones para justificar su preocupación: del vaciamiento de las ciudades pequeñas al debilitamiento geopolítico del país. Otros lamentan que el descenso de la población autóctona traiga consigo la necesidad condigna de aumentar la población inmigrante, lo que amenazaría la integridad de la cultura local y en última instancia nos pondría en la pista del famoso “Gran Reemplazo” que convertiría a los europeos en una minoría en su propia casa. Y los hay, en fin, que defienden el papel metafísico que juega la familia para los seres humanos: la paternidad da sentido a la vida, la formación de un hogar nos vincula con el futuro, la creación de lazos familiares permite crear una comunidad nacional fuerte capaz de conjurar el riesgo de la atomización individualista que se achaca a las sociedades liberales de orientación globalista. ¡Creced y multiplicaos!
Porque no es bueno que el hombre esté solo: quien no se casa, dicen los estudios científicos, se deprime más y muere antes. En lugar de viajar a Japón con los amigos, suscribirse a Netflix y hacer tardeo pasados los cincuenta, siente usted la cabeza y tenga algo más que un perro. ¿O es que los solteros son felices? Ya lo cantaban los Blues Brothers: Everybody needs somebody. Es mejor tener una familia a la que dar la bienvenida en Navidad; la vida luce distinta a los 30 que a los 60 y la revolución contracultural –cuyas raíces están en el socialismo utópico y las vanguardias morales de finales del XIX y principios del XX– minusvaloraron el papel que juega la familia en la estabilización anímica del individuo y la ordenación de la vida social. O así se nos dice.
Luces y sombras de la familia tradicional
No es entonces de extrañar que los pensadores posliberales hayan enfatizado la necesidad de que el poder público se implique activamente en la promoción de la llamada “familia tradicional”. Patrick Deenen sostiene que habría de otorgarse un papel destacado a las políticas públicas dedicadas a premiar el matrimonio y la formación de nuevas familias, preferiblemente mediante la........
