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El despertar

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30.01.2026

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Recuérdame

Recuerdo el día, hace muchos años, en que descubrí la indiferencia de la naturaleza. Una mañana de verano en Shelter Island, un amigo me invitó a salir en su bote de pesca, y en algún lugar más allá de Gardiner’s Bay el motor se murió. Nos detuvimos bajo el sol despótico, confiando en que un pequeño artefacto fuera de borda nos indicaría la dirección del puerto distante. Súbitamente, una borrasca se nos vino encima, lluvia feroz y vientos crueles. El bote se balanceaba despiadadamente sobre el agua. Nos sentíamos impotentes. Conocí el terror. Las fantasías más terribles se hacían realidad. Sentí que me perdía. Y en el momento más oscuro del peligro, una gaviota aterrizó junto a mí y me observó con frialdad. Nunca olvidaré la ecuanimidad en la mirada del ave. No, no esperaba que la criatura se conmoviera con mi penosa experiencia, pero nunca me habían observado tan inhumanamente, nunca había pensado en cómo me veía desde el exclusivo punto de vista de la naturaleza. Era deprimente. Era el fin de todo entendimiento, de todo cuidado. Mis propósitos eran igual que nada. Mi vida y mi muerte eran movimientos de la materia, iteraciones neutrales de un flujo elemental. Había leído en varios sabios, antiguos y modernos, que tal intuición de desprendimiento constituye una experiencia de lo sublime, pero todo lo que yo veía era salvajismo y estupidez. Pronto amainó, la alada esclava del instinto emprendió el vuelo y un bote de pesca se acercó y guió nuestra herida embarcación a buen puerto. Ya en tierra, el desprecio sucedió al miedo. Abominé de la naturaleza. El mundo natural parecía poderoso pero lastimero: gigantescamente tonto, vastamente limitado. Su “sabiduría” no era lo que yo podía llamar........

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