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El rito de Europa

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27.08.2026

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Lo sucedido entre el 30 y 31 de julio admite muchas explicaciones y lecturas. Desde el punto de vista material, al menos 72.000 personas cruzaron la frontera desde Marruecos a Ceuta. Durante unas horas, una ciudad de poco más de 80.000 habitantes recibió casi a otro tanto, los recursos quedaron desbordados y cerca de un centenar de personas murió a uno u otro lado de la frontera. Esos son los hechos. Desde un punto de vista formal, por otra parte, pudimos observar cómo de ese mismo material se constituían objetos y relatos diferentes según la razón que se decidiera aplicar. Eso que ha pasado se dice entonces de muchas maneras, y puede ser crisis humanitaria, operación bélica, guerra híbrida, rumores en redes sociales, redes de tráfico o invasión y lucha espontánea por la “Sebta ocupada”. El problema es que por mucho que profundicemos en una de estas explicaciones queda siempre algo mucho más superficial por comprender. Algo que se da por sentado. Uno puede especular cuanto quiera sobre el triángulo entre Israel, Estados Unidos y Marruecos; preguntarse hasta qué punto Rabat tiene cogido al Gobierno español; o salir a pasear por Ceuta durante la noche, como hacía algún medio, para comprobar si los extranjeros violaban o no (curiosa forma de empirismo aplicado, por cierto, y del uso del libre albedrío en general). Se podría saber entonces quién generó la ocasión de abrir la frontera, a quién beneficiaba o si los extranjeros son más o menos cívicos. Pero una de las cuestiones centrales es, o debería ser, por qué decenas de miles de jóvenes acudieron a la frontera y la cruzaron, no simplemente por qué se abrió. Ese es el residuo que dejan todas las narrativas, lo que Aristóteles llamó “causa final”: el principio de inteligibilidad interno de la acción de los actores, los que cruzaron la frontera. ¿Qué clase de acción estaban realizando y qué podían esperar obtener mediante ella? ¿Qué significa Europa para los jóvenes marroquíes y qué significa exactamente cruzar sus fronteras en 2026?

Mi tesis, aunque puede sonar frívola en el contexto de una catástrofe con ahogados, heridos y menores abandonados a su suerte, es que conviene considerar al menos una parte de lo sucedido como lo que formalmente parece, un rito de paso, esa categoría antropológica. Tengamos en cuenta, para empezar, que una proporción enorme de los que entraron en Ceuta regresó voluntariamente a Marruecos después de unas horas. En segundo lugar, la movilización tuvo además todos los rasgos de un acontecimiento adolescente: rumores en TikTok, autobuses y trenes llenos, euforia, canciones, desafíos a la autoridad, grabaciones con sus móviles y la sensación de que Europa (una cierta imagen de Europa) estaba al alcance de la mano. Y luego se vuelve a casa, pasada la resaca, a cenar. Arnold van Gennep dividía los ritos de paso en tres momentos: separación, fase liminar o margen y reincorporación. El joven abandona el mundo ordinario, atraviesa una zona caracterizada por la suspensión de las normas y vuelve investido de una condición nueva. Observamos la misma secuencia en los incidentes de Ceuta, solo que de manera grotesca, degradada y sin una institución tradicional capaz de ordenarla. Salida del barrio, travesía y regreso. Odisea profana y multiétnica, como la de Nolan, solo que a diferencia de los griegos homéricos, que desde luego no fueron a Troya a sacarse un selfie, los protagonistas seguían exactamente donde estaban al principio. Vivimos, por otra parte, y eso no es algo específico de Marruecos, inmersos en la ontología de la adolescencia: fijémonos en D.........

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