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La verdad y la mentira en “Un hijo propio”

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20.08.2026

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Casi 40 años han pasado desde que The thin blue line (1988), el segundo largometraje de Errol Morris, fue descalificado para competir por el Oscar a mejor documental debido a que, según el comité revisor respectivo, la película tenía un elevado componente de elementos de ficción: había un guion cuidadosamente escrito, escenas montadas que representaban situaciones reales, una estilización formal muy deudora del  cine negro e, incluso, actores que interpretaban acontecimientos que habían sucedido en la vida real. Para acabar pronto, The thin blue line no era documental porque estaba repleta de dramatizaciones.

Más allá de que la decisión de ese malhadado comité de la academia gringa de cine no tenía ni tiene el menor de los sentidos –¿nadie sabía que el largometraje fundador del cine documental etnográfico, Nanuk, el esquimal (Flaherty, 1922) está lleno de reconstrucciones y dramatizaciones?–, lo cierto es que, si bien Errol Morris perdió la oportunidad de ser nominado al Oscar (que ganaría de todas formas años después con The fog of war, de 2004) pero, en contraste, el cineasta ganó en influencia. La escuela que dejó con The thin blue line es innegable: a partir de este legendario documental de investigación policial –que, además, le salvó la vida a un condenado a muerte–, los filmes del mismo tipo, luego etiquetados como true crime, siguieron el mismo espíritu que, como ya mencioné, estaba en el origen del mismo cine documental.

Desde Nanuk, cualquier documentalista sabe que la realidad que está frente a la lente de su cámara no es la Realidad, con mayúscula,........

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