Cosío Villegas y Echeverría: el crítico y el predicador
Nombre de usuario o dirección de correo
Ante la sorprendente reedición, revisada, mejorada y aumentada de la “monarquía absoluta, sexenal y hereditaria en línea transversal” que vivimos en México, he recordado la relación de Daniel Cosío Villegas, autor de esa frase memorable, con los presidentes que se cruzaron en su camino. Entre ellos, ninguno más significativo que Luis Echeverría, a quien trató con cierta frecuencia.
Echeverría tomó posesión el 1 de diciembre de 1970. Tenía 48 años de edad. Había hecho una carrera política larga y oscura, siempre al lado de Gustavo Díaz Ordaz. Conocedor de las reglas de aquel juego, tras el “destape” comenzó a deslindarse de su antiguo jefe, con el propósito evidente de lavar su propia (alta) responsabilidad en el crimen de Tlatelolco. Si no era posible ganarse a los estudiantes había que cortejar a sus figuras de autoridad, los maestros, académicos, universitarios, intelectuales. Y ostentarse como un gobierno “abierto a la crítica y la autocrítica”.
Daniel Cosío Villegas había cumplido 72 años de edad. En aquel tramo final, veía hacia atrás con la satisfacción de una labor cumplida. Había creado el Fondo de Cultura Económica (1934), El Colegio de México (1942) y varias revistas, entre ellas El Trimestre Económico e Historia Mexicana. Estaba por terminar los dos últimos volúmenes de la Historia moderna de México. A lo largo de treinta años había publicado ensayos iluminadores sobre Estados Unidos, México y América Latina. Jamás había variado sus convicciones: era un “liberal de museo: puro y anacrónico”. Había servido al Estado mexicano como diplomático y economista y, si no había podido llegar a los más altos puestos públicos, no había sido por falta de méritos (los tenía por encima de cualquier otro) sino por tener “una n de no en la frente”. Pero en 1968, en vez de retirarse a la vida contemplativa, decidió enfundar la “casaca” del escritor político. México no podía perder más tiempo en la construcción de una vida política robusta, libre y sana. Acostumbrado a fundar instituciones, el crítico Cosío Villegas se propuso fundarla.
A pocos días de la toma de posesión de Echeverría, Cosío Villegas publicó un texto inusualmente emotivo. Lo tituló “Rogativa”, y en él concluía que México no necesitaba “tanto un líder político; tampoco un reformador administrativo; ni siquiera un promotor enajenado de las obras públicas. Por lo que clama es por un líder moral, que sirva de ejemplo y de inspiración a todo el país”. Cosío tenía en mente a un hombre liberal, a la manera de los liberales del siglo XIX que había estudiado y admiraba tanto: intachable y recto, respetuoso de la ley, las garantías individuales, el orden republicano, el debate público, la libertad de expresión y la crítica.
El presidente fingió tomarle la palabra. Desde el inicio, proclamó el arribo de una nueva era de “apertura democrática”. Solo unos cuantos intelectuales y los estudiantes descreímos de sus promesas. Para nosotros, la herida del 68 estaba abierta y volvió a sangrar, literalmente, en la matanza del 10 de junio de 1971. Echeverría prometió una investigación inmediata, que nunca llegó. A pesar de esos hechos, varios académicos y escritores mantuvieron la esperanza en Echeverría. También don Daniel, por muy breve tiempo.
Pronto llegaron las malas señales. Cosío no dejó de comentarlas. Por ejemplo, la hiperactividad del presidente, que “confundía su sexenio con un semestre”, o su manía de viajar por todo el mundo, o la obsesión de hablar todo el día, todos los días, debido a la cual no tardaría en........
