Una Navidad en Belén
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“Ahí, entre los edificios, detrás de aquellos árboles, al pie de la colina”, Fadi apunta con la mirada a un puñado de casas de piedra de doble altura, con gruesos muros y puertas rematadas en arco, abandonadas. “Ese es el pueblo de mi madre, ahí creció con mis abuelos”, recuerda emocionado el fisicoculturista palestino de 55 años, persignándose, mientras transitamos por la carretera número 1 desde el aeropuerto internacional Ben Gurion en dirección a Jerusalén. Desde la autopista que conecta la Ciudad Santa con el mar Mediterráneo pueden observarse encaramadas a la montaña, entre musgo y hierba crecida por las lluvias de temporada, las ruinas de Lifta, uno de los varios pueblos palestinos en las colinas que circundan Jerusalén abandonados en 1948, tras la creación del Estado de Israel y la subsiguiente guerra árabe-israelí, la primera de muchas, demasiadas, que son parte de la historia familiar de Fadi y de muchos otros cristianos palestinos.
De acuerdo con estimaciones de la Organización de las Naciones Unidas, el conflicto, conocido en árabe como la Nakba, que se traduce al español como la catástrofe, provocó el desplazamiento forzado de más de la mitad de la población palestina, alrededor de 700 mil personas convertidas en refugiados dentro de su propio país. Entre ellos está la familia de Fadi, que a más de 77 años de distancia continúa dividida entre Israel, Cisjordania y los territorios ocupados en torno a Jerusalén. Una historia que no es distinta de la de mayoría de los cristianos palestinos, separados por kilómetros de muros, barreras y retenes, por océanos incluso, pero siempre unidos en torno a su fe y a su tierra ancestral.
“Del 25% que éramos, ahora solo quedamos menos del 1% [de la población total de Palestina]. No juzgo a quienes se han ido, todos merecemos la paz, dormir tranquilos, no ser presa de vejaciones constantes, nadie quiere vivir angustiado, pero yo nunca dejaría mi país, la tierra de Jesucristo, de nosotros, los primeros cristianos”, reflexiona Fadi sobre el significativo número de cristianos palestinos que a lo largo de las últimas décadas ha emigrado a otras geografías del orbe, mientras comparte conmigo un plato recién horneado de knafeh, dulce tradicional del Levante preparado con una base de masa rellena de queso cremoso, acompañado de pistache molido y bañado en miel.
Estamos en la céntrica calle de Saladino, corazón del barrio de Sheikh Jarrah, en Jerusalén Oriental. Es jueves por la tarde y la inminencia del fin de semana y del inicio del adviento llenan de vida las banquetas, los restaurantes, bares y comercios, sobre todo al caer la noche, cuando los cantos de los muecines y las campanadas de las iglesias compiten por hacerse con el rol protagónico........
