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El Salón de Gascón: Andrés Trapiello: literatura, vida y tercera España

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24.06.2026

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El escritor Andrés Trapiello visita El Salón de Gascón para charlar sobre el arte de la atención, los géneros literarios, la ética de no mentir al lector, los límites de la autoficción y la regla de oro de Juan Ramón Jiménez sobre escribir como se habla. También hablan de su traducción del Quijote, de las vanguardias como gran engaño del siglo XX, y de las polémicas literarias. Todo a raíz de su última publicación, la entrega 25 de ‘El salón de pasos perdidos’.

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Aquí, una transcripción editada.

DANIEL GASCÓN: Hola, muy buenas. Bienvenidos a El Salón de Gascón en Letras Libres España. Es un verdadero placer estar hoy aquí con Andrés Trapiello, que es uno de los escritores más importantes que hay en lengua española ahora, pero desde hace varias décadas. Vamos a hablar de muchas cosas, entre ellas de su libro más reciente, que es De todo tiene, que es la entrega 25 del Salón de pasos perdidos, ese proyecto fascinante. Muchas gracias por estar con nosotros.

ANDRÉS TRAPIELLO: Al contrario, yo estoy encantado, honradísimo.

DANIEL GASCÓN: En el libro, y siempre que salen estos libros, hay como esa especie de discusión sobre el género, que a ti en realidad creo que te divierte. Tú dices “esto es una novela.” Incluso cómo empiezas: empiezas con el sueño de una novela, te despiertas, anotas, luego no entiendes la letra, como a tantos escritores. ¿Qué es para ti una novela y por qué describes esto como una novela?

ANDRÉS TRAPIELLO: La novela es un mundo más o menos ordenado, aunque sea un mundo de pesadilla o un mundo kafkiano, pero tiene una cierta lógica y una especie de estructura en la que todo encaja. Por eso lo del principio, medio, desarrollo, desenlace, todo esto es propio de la novela, propio de las obras literarias con esa voluntad. En cambio la crónica, el diario, el reportaje, las memorias, en fin, todo lo que se pega a la autobiografía, en general no lo tiene. Desde luego no tiene argumento, pero a menudo no tiene ni trama. Y en cambio esto sí: hay una voluntad de que la vida de una persona, en mi caso, se ordene de una manera diferente, y el ordenarla hace que cobre un sentido distinto. Si yo, o cualquier persona, nos contara su vida fijándose únicamente en los restaurantes, porque es lo que más le interesa, o en el fútbol, o en la política, o en el sexo, lo que da es un personaje de tacto ficticio, en el sentido de que no siempre estamos comiendo, no siempre estamos en el dormitorio, no siempre estamos en el fútbol, no siempre estamos leyendo.

La decisión que yo tomé desde el principio era la de hacer un libro que diera de una manera más o menos armónica todas las facetas de una persona. Excepto el sexo, que no trato en estos libros, no porque sea intratable, sino porque no encuentro la manera de hacerlo decorosamente desde el punto de vista literario, todo tiene cabida en el libro y se ordena de una manera diferente. Hablando con nuestro querido Jonás Trueba le decía: “En estos libros tanto como el rodaje es importante el montaje.” Yo a menudo algo que ha sucedido en invierno lo meto en la primavera, y por supuesto muchas cosas que han sucedido en el momento en que estoy transcribiéndolas las incluyo. Estos libros se escriben en un periodo de años; a veces eran cinco, luego fueron seis, siete, diez, en este momento quince. Cuando los estoy transcribiendo incluyo cosas que están sucediendo en ese momento. No me importa, porque realmente en una vida ese tipo de hechos, no siendo históricos, dan un poco igual. Y la novela es eso: algo que te da el mundo ordenado y que por tanto te facilita su comprensión.

DANIEL GASCÓN: Has citado a Jonás Trueba y me acuerdo de una frase de Fernando Trueba, que dice “la vida es una película mal montada.”

ANDRÉS TRAPIELLO: Es exactamente igual. Y llevándolo a la parte literaria podríamos decir que no hay malas o buenas vidas, sino vidas mal o bien contadas. No hay gente que diga “no me pasa nada.” Si sabes contarlo bien, te pasarán muchas cosas, porque las cosas que suceden en la literatura suceden en el libro. Tienes que hacerlo de tal manera que el que lo lea lo perciba como vivo, y para eso hay muchas herramientas. Principalmente yo entiendo que la naturalidad es fundamental. Un aforismo de Juan Ramón Jiménez que para mí es la regla de oro de la literatura: “Quien escribe como se habla llegará en lo porvenir y será más escrito y hablado que quien escribe como se escribe.” La gente quiere escribir con una cierta pomposidad, entiende que la literatura es algo muy importante, entonces se da un cierto tono. En el momento que subes el tono, lo normal es que si lo subes mucho te salgan gallos y si lo bajas mucho te ahogues. Con lo cual tienes que encontrar un tono de naturalidad que es el que realmente usamos cuando hablamos. Si las películas españolas a veces nos producen tanto sopor es porque vemos que así solo hablan en las películas; eso quiere decir que esos guionistas realmente no tienen un oído muy fino, porque nadie habla así, nadie habla con subjuntivos en la vida real, ni con subordinadas muy largas. Hablamos normalmente, casi te diría que como escribía Azorín: sujeto, verbo, predicado, punto. Sujeto, verbo, predicado, punto. Y así va muy rápida la acción. Eso es, por un lado, dar sentido a la vida y, por otro, intentar dársela de una manera muy natural.

DANIEL GASCÓN: Esa naturalidad es una de las cosas que siempre me impresionan mucho cuando te leo. También la cantidad de cosas que incorporas a esa naturalidad: ahora decías lo de sujeto, verbo y predicado, pero aquí ha habido un cambio de registro, aquí ha metido una cita de un poema, aquí una broma de uno del pueblo, aquí hay una descripción más lírica. Esa naturalidad es como un río que recoge muchas fuentes.

ANDRÉS TRAPIELLO: Estamos hechos de muchísimos afluentes todos. A lo largo de nuestro día a día, cualquier persona, seguramente en esas 24 horas, quitando las del sueño, tendrá ocho o diez registros distintos: se reirá, tendrá un disgusto, tendrá algo ingenioso que decir, le habrá emocionado algo que ha visto o que le han dicho. Y todo eso, si lo pasas al papel, debe conservar algo de esto. Luego la intencionalidad es importante, y ahí es también un poco lo de la novela: el novelista tiene una intención, quiere contar el mundo, y la manera de contarlo es eligiendo. Si a mí me encargan un libro sobre los escritores en la Guerra Civil, puedo hacer dos cosas: hacer un libro de parte, un panfleto, o ponerme a leer a los escritores. Una vez que los he leído, cuento la impresión, con un cierto desapasionamiento, de lo que ves. Ese punto de vista también ocurre en la vida.

A veces me asusta porque los amigos que han leído los libros, cuando me cuentan algo, siempre dicen: “Oye, me ha pasado una cosa que era como para tu diario.” Y siempre son cosas de una anomalía tremenda, cosas ridículas o esperpénticas, solanescas. Me gustaría, además de ese registro, que sin duda es el más reconocible, que los registros fueran de todo tipo con el mismo peso: el lírico, el político, el de la furia a veces. Un diario en principio solo lo llevamos la gente que somos un poco desgraciados, que estamos siempre con el espíritu de la escalera, diciéndonos: “Tenía que haber dicho, tenía que haber hecho.” Llega uno un poco descorazonado a casa e intenta remendarse a sí mismo, remendarse los costurones que la vida le ha hecho, las cornadas que le ha dado. Al final queda más o menos reconstruido en el libro. Pero es importante que el tono sea natural, y sobre todo intentar —no siempre lo consigue uno— ni quejarse ni presumir. Que la queja trae descrédito, la frase esa de Gracián, no te quepa la menor duda. A los diarios hay que venir ya quejados y llorados de antes, porque si no es un poco imposible no volcar en el lector todo eso.

DANIEL GASCÓN: ¿Y cuál era el alcance del proyecto cuando lo iniciaste?

ANDRÉS TRAPIELLO: Cuando empiezas un proyecto no sabes nunca realmente cómo serán las segundas partes, si las habrá o no, pero yo entendía que el proyecto debería continuar. Lo que me hacía realmente ilusión era tener fuerza, arrestos, voluntad para hacer un tomo y otro y otro, porque quería componer una especie de mosaico de mi tiempo, de mis contemporáneos, de la gente. Y los mosaicos no se hacen con una o dos teselas: necesitas como mínimo un cesto de ellos para ir poniéndolo. Otra cosa es que lo que representes luego sea apropiado o no, se parezca o no a la realidad, tenga algún interés o no. Pero lo que quería dar era un poco la visión de ese tiempo, que es una visión que no se ajusta en casi nada a los periódicos. Este año, por primera vez, ha coincidido el libro con la publicación de los artículos que publicaba yo en el mismo año 2011 en el Magazine de La Vanguardia. Lo que me ha sorprendido fundamentalmente es que de todo lo que yo hablaba en el periódico no hablaba en absoluto en el libro. Era como una cierta esquizofrenia: la vida de esta novela en marcha no se compadece con la vida de los artículos, de la política, y eso lo he dejado siempre de lado, no ahora.

DANIEL GASCÓN: Es curioso. Quizá porque es lo que te puede venir más a la cabeza, como la vida literaria, la vida del escritor, cuando piensas en los diarios: los retratos satíricos, esa escena que se repite mucho en tus libros de “voy a un sitio a dar una charla”, que es como el escritor va a trabajar. Esa escena está mucho en el libro, pero luego hay un mundo que me parece muy interesante y que es quizá todavía más infrecuente, que es la experiencia de la vida familiar y las preocupaciones familiares. Eso está mucho en el libro y lo veo poco en la literatura.

ANDRÉS TRAPIELLO: La primera parte, es decir, el escritor que normalmente va de escritor, va en representación de sí mismo, paseándose y haciéndose un poco de promoción. Yo, bien porque a mí no me ha tocado más que una vida de gregario, de novillero, nunca he sido matador de toros de grandes plazas, la visión que he dado de lo que me ha correspondido, que es una vida bastante gris de escritor, es inusual, porque la gente normalmente cuenta lo mucho que le quieren, el caso que le han hecho, lo mucho que ha triunfado. Pues yo he contado todo lo contrario, pero no para quejarme, sino con una cierta perplejidad y con bastante humor. Esas cosas, decía Carlos Pujol, la vida del escritor era, como decía él, “hacer la carrera”: estás un poco expuesto en una esquina a ver lo que pasa. También es verdad que la vida literaria es el gran oxímoron: o es vida o es literaria. La vida literaria realmente es un poco de risa. A lo mejor en otros países que son más cultivados, no, pero la nuestra, o la que yo he vivido, es una vida bastante gris y bastante sufrida, y además las habicuelas que nos solventamos aquí son pocas, y hay que ponerlas muy a remojo para tragarlas.

En cuanto a la vida familiar, es verdad que tiene muy mala prensa de siempre, porque la felicidad tiene mala prensa en general. La frase famosa de Tolstói es una frase mal traída porque........

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