“El modelo del neoliberalismo ha sido rechazado en su país de origen”
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Entrevista a John Gray
John Gray, autor de libros como Misa negra (Sexto Piso), Las dos caras del liberalismo (Página Indómita) y Los nuevos Leviatanes (Sexto Piso), exprofesor de la London School of Economics y colaborador de The New Statesman y The Guardian, es uno de los críticos más sugerentes de las ilusiones del liberalismo. Su tema es el exceso de confianza: en la razón, en el progreso, en la extensión de la democracia liberal. Más destructivo que constructivo, amable y con cierto complejo de una Casandra que tiene la oportunidad halagadora y algo melancólica de ver cumplidas sus profecías, estuvo en la Fundación Juan March en Madrid a comienzos de febrero, invitado en el ciclo “Una nueva era geopolítica” organizado por Fernando Vallespín.
En un artículo reciente dice que lo que estamos viendo es el fin del neoliberalismo.
Sus elementos esenciales han terminado. Algunos pensadores de izquierda dicen: todavía existe el capitalismo. Sí, existe, pero ahora hay distintos tipos de capitalismo. Está el capitalismo de Estado chino, el capitalismo oligárquico trumpiano, el capitalismo cleptocrático ruso. Hay muchas variedades de capitalismo en el mundo, pero no neoliberalismo, porque el neoliberalismo era un orden global, un sistema internacional, no simplemente unas políticas nacionales determinadas. Y ese orden ha terminado, principalmente porque la potencia hegemónica que lo propagó e instaló –Estados Unidos– lo ha abandonado. Han publicado incluso un documento de estrategia de seguridad nacional en el que lo rechazan de forma explícita. Trump no escribió ese documento, y estoy bastante seguro de que tampoco lo leyó. Es demasiado caprichoso, veleidoso, solipsista y narcisista como para estar atado a una doctrina o visión del mundo. Pero creo que refleja en términos generales su manera de pensar y la de toda su administración: el proyecto de extender un determinado tipo de capitalismo por todo el mundo, promovido por las administraciones estadounidenses anteriores desde el fin de la Guerra Fría, ha terminado. No están interesados en eso. Lo rechazan activamente. Y hay muchas personas en Europa que todavía esperan una vuelta al proyecto anterior cuando Trump se vaya. Si se pregunta cuál es la política europea, se puede decir que no existe. O que sí existe, y que consiste en esperar. Habrá una nueva administración, habrá nuevas elecciones. Pero no creo que haya un retorno, porque este giro es demasiado profundo y tiene aspectos bipartidistas: cierto proteccionismo, cierto unilateralismo, decepción e incluso desprecio hacia Europa. Todo eso continuará. Y podría incluso surgir un trumpismo más radical, sin Trump. Creo que Trump ha alcanzado su cénit. Su popularidad se está desplomando, especialmente por el coste de la vida. Eso está ocurriendo. Y puede hacerle más peligroso, puede hacerle más aventurero, porque intentará distraer la atención con intervenciones o aventuras internacionales. Pero sin cambios de régimen. Una de las características del viejo orden neoliberal era imponer el neoliberalismo en otros países, incluso por la fuerza militar. Eso se ha abandonado en favor de algo más parecido a una guerra imperial por los recursos al estilo del siglo XIX. Como ilustra claramente el caso de Venezuela, donde no ha habido ningún cambio de régimen.
Se han liberado presos políticos.
Unos pocos, pero básicamente el aparato anterior sigue en el poder.
Dice que tendemos a pensar que el orden neoliberal era lo normal y que la situación actual es una anomalía. Pero en realidad la anomalía era ese orden.
Fue un episodio, y una anomalía, porque emergió de la Guerra Fría, que fue otra anomalía. Aunque también tuvo aspectos geopolíticos, la Guerra Fría fue ideológicamente una disputa entre dos proyectos ilustrados. Cuando terminó, escribí que no vendría seguida por la universalización de los valores liberales, como argumentaban Fukuyama y otros.
No creía que Rusia fuera a occidentalizarse.
Esperaba que bebiera de las tradiciones rusas y eurasiáticas. Y, aunque el proceso tuvo muchas contingencias históricas, eso es lo que ha ocurrido. La gente decía entonces que había un modelo canadiense, uno sueco… Era absurdo. Rusia nunca podría haber adoptado ninguno de esos modelos, porque era un régimen muy militarizado, autoritario y previamente totalitario, en una parte del mundo que nunca había tenido democracia liberal ni constitucional durante un periodo prolongado. Era completamente imposible. Era un sueño. El pensamiento occidental vive en un sueño: los occidentales creen que el resto del mundo quiere ser como ellos. No necesariamente. Y no comprendieron que Gorbachov, por ejemplo, tan popular en Occidente, era muy impopular en Rusia. Pensaban que representaba una demanda de modernización en Rusia. Pero tampoco entendieron que lo que él quería modernizar era el régimen soviético. No quería acabar con él, quería continuarlo. Fue imposible. Hubo un colapso. Y entonces Rusia revirtió hacia formas más eurasiáticas. Quizá, si la política occidental hubiera sido ligeramente distinta, podría haberse convertido en un régimen más híbrido, menos antioccidental. La terapia de choque económico fue muy dañina, arruinó a grandes sectores de la población rusa, sobre todo a los mayores. Durante un tiempo, la esperanza de vida en Rusia era inferior a la de Egipto. Pero, en cualquier caso, lo que ocurrió es que Rusia se convirtió en un régimen más eurasiático y comenzó a definirse por oposición a Occidente, reclamando ser una civilización distinta. Uno de los problemas en Occidente es que no entendemos que Rusia es, en cierta medida, una civilización distinta. Pero Putin la ha destruido en buena parte. No solo está destruyendo Ucrania –que él cree que es parte de Rusia–, sino que las otras Rusias que existían, quizá no más liberales, pero sí diferentes y más diversas, han sido arrasadas por Putin. Es una figura muy destructiva en la historia del mundo, pero también muy importante. Y parece que ha calculado el equilibrio de fuerzas en Europa con más precisión que los propios europeos. Pero eso es un asunto aparte. Lo que estábamos diciendo es que el orden neoliberal surgió del fin de la Guerra Fría. Y es completamente falso lo que ahora se dice: que Fukuyama nunca sostuvo que Occidente ganaría de forma definitiva. Cuando yo hablaba con la gente, en 1989 y 1990, en los think tanks de Washington y Nueva York, descubrí que muchas fundaciones, conservadoras y de otro tipo, que habían financiado generosamente programas de política exterior, habían reducido o incluso interrumpido esa financiación porque decían: ya hemos ganado, no necesitamos política exterior. Lo que hizo Fukuyama fue resumir ese estado de ánimo, cuyas raíces intelectuales estaban en Kojève y Hegel, y añadir algo de farfolla psicologista subnietzscheana. En ese sentido es un pensador interesante, y he debatido con él en muchas ocasiones.
Ya pensaba que estaba equivocado.
Escribí un artículo diciendo que no era el fin de la historia, sino posiblemente el fin del liberalismo. Y que varios conflictos –étnicos, religiosos, por los recursos– que habían sido parcialmente suprimidos por la Guerra Fría y el sistema soviético reaparecerían. Y........
