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La crítica literaria desde el Extremo Occidente

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Christopher Domínguez Michael: retrato del lector ideal

Jorge Luis Borges escribió en alguna parte que los verdaderos lectores y los verdaderos críticos literarios son más raros aún que los escritores, y sin duda más preciosos. Me parece que esta fórmula se aplica perfectamente a Christopher Domínguez Michael. Es uno de esos críticos cuya obra no se limita a comentar la literatura: contribuye a organizarla, a transmitirla y a darle sentido.

Ensayista, historiador de la literatura y biógrafo, Christopher Domínguez Michael ocupa un lugar importante en la vida intelectual mexicana y, más ampliamente, en el espacio cultural hispanoamericano. Su autoridad rebasa con mucho las fronteras de su país: hoy es reconocido como uno de los grandes críticos literarios de lengua española.

Su obra es considerable. Comprende una treintena de libros, entre los cuales se encuentran Servidumbre y grandeza de la vida literaria (1998), Toda suerte de paganos (2001), un Jorge Luis Borges (2010), una gran biografía de Octavio Paz, Octavio Paz en su siglo (2014), traducida al francés por Gallimard, Retrato, personaje y fantasma (2016), La innovación retrógrada (2016), que propone una suerte de contrapunto a mi trabajo sobre las retaguardias, así como varias obras fundamentales dedicadas a la historia de la literatura mexicana, en particular el Diccionario crítico de la literatura mexicana (2007) –que reúne a verdaderos escritores mexicanos y no, como en Bolaño, a falsos autores nazis de América Latina– y la Historia mínima de la literatura mexicana del siglo XIX (2019). Su amplitud de mirada es tal que abarca al poeta ruso Maiakovski, emblema del modernismo poético, en Maiakovski punk y otras figuras del siglo XXI (2022). Añadamos, muy recientemente, El crítico sin estatua (2025), sin olvidar una obra de ficción, William Pescador (1997), una suerte de pre Harry Potter, que pronto será reeditada. Algunos de estos libros han sido traducidos al inglés, al francés, al portugués, al italiano y al chino.

Sin embargo, los libros no representan más que una parte de esta obra imponente. Christopher Domínguez Michael es, ante todo, un crítico en el sentido clásico del término: un escritor que acompaña día a día la vida literaria. Desde sus inicios en la revista Vuelta, junto a Octavio Paz, hasta su labor como columnista y ensayista en los periódicos Reforma y El Universal y en la revista Letras Libres, ha publicado miles de artículos que forman ya parte de la historia intelectual de México. Su obra crítica se ha construido así tanto en los periódicos y las revistas como en los libros.

En el curso de una conversación, Christopher Domínguez Michael me confió que nunca había realizado estudios universitarios –confidencia que me sorprendió y suscitó mi admiración–. Toda su formación se ha llevado a cabo en la lectura, en la escritura y en el trato con los grandes escritores. Tenemos, pues, ante nosotros a un puro hombre de letras, en el sentido más noble de esta expresión: alguien que solo vive para y por la literatura y que ha hecho de ella no solo su oficio, sino su manera de habitar el mundo. Una figura así resulta hoy cada vez más escasa.

Christopher Domínguez Michael ha recibido becas prestigiosas (Guggenheim, Tinker y O’Gorman) y ha sido profesor invitado en la Sorbona, así como en las universidades de Chicago y de Nueva York. Desde 2017 es miembro de El Colegio Nacional, institución que reúne a los más eminentes sabios, artistas y escritores de México y cuyo espíritu no deja de recordar al del Collège de France. El Colegio Nacional publica actualmente sus Ensayos reunidos, que van agrupando progresivamente el conjunto de su obra crítica.

No puedo dejar de señalar que existe, a este respecto, una feliz afinidad entre nuestras dos instituciones. En el Collège de France no es necesario poseer un diploma para enseñar, ni siquiera el bachillerato: uno no es nombrado allí bajo la condición de tener un grado universitario cualquiera, sino porque sus pares reconocen su obra. El puro poeta Paul Valéry pudo así llegar a ser profesor. De igual modo, Christopher Domínguez Michael encarna perfectamente este principio del Collège de France: su verdadero título es ser un crítico literario mayor de nuestro tiempo.

Es, pues, con gran placer que lo recibimos hoy para esta conferencia titulada “La crítica literaria desde el Extremo Occidente”. Será pronunciada en español y acompañada de sobretitulado en francés, de modo que todos puedan seguirla sin dificultad.

Querido Christopher Domínguez Michael, nos sentimos muy honrados por su presencia entre nosotros. Le cedo ahora la palabra.

La crítica literaria desde el Extremo Occidente

Por Christopher Domínguez Michael

Hablar del ejercicio de la crítica literaria desde América Latina me obliga a comenzar desde el principio, sirviéndome de la literatura comparada y de la historia de la modernidad temprana, remontándome a cuando “América”, como lo dijese el historiador mexicano Edmundo O’Gorman, “fue inventada”. Es necesario recordar fechas y acontecimientos que, dados por obvios, al olvidarse, imponen tergiversaciones bochornosas y persistentes porque es desesperante vivir en tiempos donde la actitud eurocentrista, condescendiente y hasta racista hacia aquel que alguna vez fue el Nuevo Mundo no solo no ha se ha extinguido: reaparece con ropajes distintos, progresistas o “decolonialistas”, pero cuyo modelo sigue siendo el Buen salvaje, ese antiguo amigo imaginario de la conciencia occidental.

Me permito, así, algunas acotaciones históricas antes de entrar en materia. Si la unión dinástica de Castilla y Aragón se remonta a 1469, por el matrimonio de sus reyes, y es fechado allí el nacimiento del reino de España, menos de un siglo después, en 1535, llegó a lo que hoy es México Antonio de Mendoza, su primer virrey, dando comienzo a la nueva España, que nunca fue una colonia en el sentido anglosajón sino un virreinato hispánico, al grado de que su primera independencia ocurrió en 1808, cuando el virrey José de Iturrigaray pretendió, estando secuestrado el legítimo rey de España por Napoleón Bonaparte, resguardar soberanamente en ultramar el trono borbónico.

El reino madre y su hija virreinal eran parte de un imperio europeo católico multinacional cuya cabeza, el emperador Carlos V, reinó sin saber gran cosa de castellano hasta su abdicación en 1556, como tampoco lo hablaban algunos de los primeros misioneros llegados al nuevo dominio imperial, quienes para evangelizar pasaban, a menudo, del latín y del flamenco al náhuatl. La España imperial y la Nueva España virreinal nacen separadas solo por algunas décadas.

Las diferencias, sin duda, son enormes pero las semejanzas, al menos, inquietantes: si España surge tras los siete siglos de dominación musulmana, la Nueva España se levanta gracias al gesto cesáreo de Hernán Cortés –bien documentado por Christian Duverger– de imponer la continuidad entre las ruinas del Imperio de Moctezuma II y una nueva nación que en los planes del conquistador no era una mera prolongación de España, ni mucho menos del imperio azteca. Es sorprendente que solo el mestizaje que creó México sea considerado “violento” o de plano un genocidio de Occidente, como si Julio César no hubiera devastado las tierras de los francos y de los germánicos, como se lee en La guerra de las Galias.

Ocurre que América fue descubierta o “inventada” hace apenas medio milenio y la información que tenemos es copiosa, pero esa cantidad se diluye en la erudición y mantiene vivas mentiras históricas y prejuicios racistas propios del mal periodismo. Pocos, como lo hizo J.M.G. Le Clézio, han reivindicado al padre franciscano Bernardino de Sahagún, el fundador de la etnografía comparada al rescatar el mundo........

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