Santa Gertrudis
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El verano que cumplí 13 años me mandaron a Santa Gertrudis, el rancho de mis tíos Naranjo Naranjo. Acababa de morir mi mejor amigo José Luis de leucemia, una enfermedad de la sangre. Algo de los glóbulos. Por eso parecía fantasma. Lo extraño. Aunque la vacación me inquietó acepté ir pensando que allá el tiempo pasaría más aprisa que en casa, donde una mañana es eterna. Voy de un cuarto al otro hasta que me quedo en el mío.
¿Cuántas veces se puede vivir la misma mañana?
Lo habíamos hablado un par de veces, pero siempre de una manera vaga, como esas cosas que deben ser buenas en algún momento.
“Aquello es hermoso”, dijo papá y se le llenó la mirada del resplandor de los atardeceres tropicales estridentes por los pajarracos que anidan escandalosamente antes de que caiga la noche.
Las vacaciones eran un reto porque lo que me mantenía ligado a la plataforma del día naufragaba. Me aburría. Me daba cuenta de la inutilidad. ¿Me habría gustado hacer otra cosa? Leía, pero, por más interesantes que fueran las historias –algunas tanto que me transportaban a su mundo–, llegaba un momento en el que debía moverme. Ponía un disco y bailaba. Estaba en una fiesta. Sostenía conversaciones imaginarias. Miraba el fulgor de la pantalla.
Luego, por la noche, algo poblaba la oscuridad que también era yo. Por ejemplo, yo. A ver, ¿por qué yo era yo y no alguien más? O ¿qué sucede detrás del tiempo? El tiempo ¿es una puerta? Todo esto –me preguntaba adivinando las sombras en la habitación– ¿qué es? Cuestiones así me inquietaban.
Yo quería hablar de estas cosas, pero mamá se alarmaba apenas empezaba.
“¿Cómo que qué es lo que es?”
Porque conmover lo que sucede todos los días requiere filo. Hay que destripar los buenos días.
El viaje resultó más largo de lo previsto, pero me dormí la mayor parte del tiempo, acunado por el ritmo del autobús. Al siguiente día me esperaba mi tío Conrado Naranjo en su Buick del 48. Mi tío era monumental y de pie su rostro invisible. El coche era una carroza aerodinámica, una megacucaracha cromada que arrancaba lentamente porque pesaba toneladas, un tanque con interiores de cuero color champán.
Para llegar a Santa Gertrudis había que coger carretera y dentro del coche el tío Conrado parecía menos enorme. Un planeta dentro de la galaxia del Buick.
Sentado era una montaña y de pie su rostro invisible, tan alto que era imposible ver más arriba de sus rodillas de Atlante. A pesar de su grandeza imponente y de su voz resonante, el tío Conrado era manso como un cordero.
Un año tras otro Santa Gertrudis se había poblado de vástagos hasta que en el número doce le pararon, pues el trece hubiera sido de mala suerte y habría exigido el siguiente.
“Mis apóstoles”, los llamaba cariñosamente su papá.
Mis primos eran ocho mujeres y cuatro hombres. La mayor era Tita, como su mamá, y luego seguían María Elena, María Isabel, María del Rosario, María Laura, María Luisa, María Josefa y María Eugenia y por fin los muchachos Conrado, Juan, Julio y Jorge. Mis tíos insistieron porque estaban empeñados en lograr el varoncito, como decía la tía Teté, y luego se siguieron porque les gustó.
Al contrario de mis tíos, mis papás creyeron que con uno bastaba. Mamá era delicada y sé que estuvo al borde de la muerte cuando nací. Es raro pensar que yo habría podido matarla. Y que su vida no se hubiera completado sin tener al menos un hijo. Nuestro apartamento era cómodo y ordenado. A mamá le gustaba todo en su lugar y un lugar para todo. Cualquiera habría podido llegar de pronto y no encontrar nada fuera de sitio. Pero de noche, de noche era otra cosa: los muebles abandonaban su mutismo fatigado para enfrascarse en conversaciones que volvían a callar de día.
Mis padres leían o escuchaban música clásica y sus conversaciones eran pausadas y atentas porque vivían al borde del abismo y les preocupaba que yo estuviera solo, rodeado de adultos que me trataban como otro más, no como se trata a un niño. A mí nunca me hablaron como si fuera idiota. A los cinco años yo hablaba como enano y mi vocabulario era incomprensible para mis compañeros en la escuela, convencidos de que yo era un bicho raro.
Cuando llegué a Santa Gertrudis el tiempo se encogió. Era un mundo poblado de árboles enormes cuyas raíces reptaban inmóviles alrededor de troncos portentosos que surgían de una maraña sinuosa de raíces que se alzaban hasta la rama más próxima. El aire caliente tenía una densidad carnal. Las ramas eran sacudidas intempestivamente por una carrera invisible y la transparencia matutina era melodiosa. Acogía cantos diversos. “Venacá venacá venacá”, sonaban unas. “Oí oí oí”, otras. “Capú capú capú”, y así. Siempre tres notas musicales. Pájaros multicolores, brillantes, verdes, amarillos, azules, negros relucientes como joyas aladas. Las ramas filtraban el cielo donde reposaban las nubes perezosas. Arriba hay otro mundo al que me gustaría caer.
En Santa Gertrudis todo era desproporcionado. Por ejemplo, la fruta, tan grande que no sabía si era para comer o si al acercarme me comería. Había guanábanas enormes y chicozapotes, caimitos y pitahayas, el frutero rebasado que después de una comida........
