La nueva Europa
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Europa siempre vuelve a Alemania. Vuelve a su geografía, a su industria, a su disciplina, a su frontera oriental y a su capacidad de ordenar –o desordenar– el continente. Por eso se atribuye a Napoleón una idea que, aun sin poder verificarse como cita literal, resume una intuición geopolítica difícil de negar: quien controla Alemania controla Europa.
La Unión Europea nació como consecuencia del fracaso bélico de un continente. Dos guerras mundiales para controlar Europa fueron razón suficiente para buscar, ya que no se había podido por la fuerza de las armas, un método de protección basado en la integración comercial, económica y política.
Primero fue la reconstrucción de la posguerra, en conexión con el Plan Marshall, que no solo fue un programa de recuperación económica, sino también un instrumento estratégico para detener el avance comunista en Europa. Después vino el lanzamiento de los programas económicos, especialmente en Alemania y Francia, y la utilización de esa reconstrucción para darle estabilidad a un continente que había demostrado ser capaz de destruirse a sí mismo.
Europa entendió que la paz no podía depender únicamente de tratados solemnes. Necesitaba una arquitectura económica que hiciera demasiado costosa la guerra. De ahí nació la idea más importante de la Europa moderna: una estabilidad política basada en la economía. Desde los viejos imperios romanos, la crisis de los imperios ha traído consigo la recomposición europea. Jugar a cambiar fronteras cuesta sangre. Y, desde Julio César, tras la conquista de las Galias, el problema era claro: la estabilidad de Europa dependía de la frontera. El Imperio romano terminaba en el Rin. Todo lo que quedaba del lado romano pertenecía a un orden político, militar y jurídico. Todo lo que se abría hacia el mundo germánico era frontera, presión, amenaza y negociación permanente. Cada intento de juntar las insatisfacciones, los odios o las necesidades de las Galias y los germanos terminaba en un baño de sangre. Y no le daba a Roma lo único que necesitaba: estabilidad en sus fronteras.
Hoy, culminado el proceso y hecho lo más difícil, Europa consiguió transformar lo que primero fue la Comunidad Europea del Carbón y del Acero en una arquitectura institucional mucho más ambiciosa. Esa comunidad fue el origen de una integración que derivó en la Unión Europea. Después llegó algo que parecía imposible: una moneda única. El nacimiento del euro representó la idea de que Europa podía disciplinar sus diferencias a través de reglas compartidas, y que el dinero podía hacer lo que las armas nunca habían logrado: ordenar el continente sin destruirlo.
Pero Europa, hecha de sangre, hueso y memoria, nunca logró ponerse de acuerdo ni siquiera en un verdadero sistema común de policía. Mucho menos en una defensa común plena. Los últimos intentos de construir una política defensiva europea, pese a la presión norteamericana y a la presión de la otan, siguen chocando con la realidad. Francia, Alemania y España han enfrentado retrasos, diferencias industriales y disputas estratégicas en el desarrollo del futuro caza europeo fcas/scaf, mientras buena parte del continente continúa dependiendo de tecnología militar norteamericana, especialmente del F-35.
Por eso, la nueva Europa –no la que viene, sino la que ya existe– hay que buscarla en los orígenes de los que venimos. Desde el primer momento, Alemania fue el país encargado de darle coherencia económica, solvencia presupuestal y garantía de buena administración al proyecto europeo. Los alemanes se dedicaron no solo a hacerse perdonar el desliz brutal del nacionalsocialismo y sus consecuencias para el mundo, sino también a recordarle al resto de Europa que ellos, directa o indirectamente, por su área de influencia, son la........
