Fidel: la dictadura como obra de arte
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Para una primera aproximación a la compleja personalidad política de Fidel Castro, no hace falta recurrir a un biógrafo suyo, ni a un historiador de la Revolución cubana. Vale la pena empezar por el relato de un político y empresario socialista, Miguel Barroso, fallecido en 2024, gran conocedor de la realidad cubana, que ejerció una influencia decisiva sobre las presidencias de José Luis Rodríguez Zapatero y de Pedro Sánchez. Su libro Un asunto sensible, de 2009, fue fruto de una investigación exhaustiva sobre un episodio trágico, la masacre de la calle Humboldt, en 1957. Consistió en el asesinato por la policía de unos jóvenes activistas del Directorio Revolucionario, que competía con el Movimiento 26 de Julio de Fidel Castro en la lucha contra Batista. Lo singular del caso reside en que habían sido delatados por un hombre del Partido Comunista, Marcos Rodríguez Alfonso, el cual, al triunfar la Revolución, fue lógicamente acusado por los correligionarios de los asesinados y protegido mediante un rápido exilio, organizado por su partido y por el nuevo régimen. No logró escapar en Europa y desde Checoslovaquia lo devolvieron a Cuba.
“¡Que esta Revolución no devore a sus propios hijos!”, proclamó Fidel al presidir el juicio al tal Marquitos, “¡Que las facciones no asomen por ninguna parte, porque esos son los amagos de la ley de Saturno, en que unos hoy quieren devorarse a los otros!”. Dar con la verdad hubiera comprometido al gobierno que facilitó la huida al delator, más aún al Partido Comunista, y revelado la cara oscura de la Revolución. Fidel lo supo evitar por medio de una incesante sucesión de maniobras, dejando de lado la justicia, dirigidas a evitar el menor desgaste a su posición de poder, así como a la de su principal soporte, el pc. Para rematar la partida de billar a tres bandas, Fidel hizo ver a los comunistas quién mandaba en la isla, con la inculpación al dirigente del partido más cercano a Jrushchov, en calidad de cómplice y vinculado a la cia. Su poder absoluto no admitía “facciones”, ni en lucha entre ellas, ni menos haciéndole sombra.
A los siete meses del triunfo revolucionario, se elevó ya a obra de arte su habilidad en la manipulación política, con el episodio que acabó en la deposición del presidente Manuel Urrutia. Fue el primer golpe de Estado por televisión de la historia. Sobre su desarrollo, sigo el relato que debo a Carlos Franqui, director del diario del 26-J, Revolución, su........
