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El sacrificio del Dr. Rizal

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29.01.2026

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1.

Hace algo más de 125 años, el 30 de diciembre de 1896, fue ajusticiado José Rizal en Manila al grito de “viva España”. Grito “sacrílego”, escribió después Unamuno, que había sido su condiscípulo en la universidad. Cuarenta años más tarde, el 12 de octubre de 1936, en su célebre último discurso en Salamanca, del que solo conocemos de forma cierta las notas que había tomado sobre una cuartilla usada, todavía le ardía: “odio y compasión, odio a la inteligencia que es crítica, diferenciadora, inquisitiva no inquisidora…, imperialismo, lengua, Rizal…”. Se cuenta que en ese momento el general Millán-Astray le interrumpió con un dicterio, que pudo o no ser “muera la inteligencia”. Cuando cada mes de octubre se escuchan las facundias rituales, blandas y machaconas, sobre genocidios, sobre glorias hispanas, se llega a temer que las palabras exactas de aquel abracadabra fuesen un maleficio duradero sobre los cerebros de la raza. Mas para este filipino, malayo con algo de chino y algo de mestizo español, ni inteligencia ni apenas recuerdo han quedado entre nosotros.

Rizal fue un reformista ilustrado, un escritor asombroso del idioma castellano, que cultivó con devoción y defendió como medio para la libertad de su patria, y un amante indócil y burlón del país del que era súbdito, al que le exigió ser ciudadano y lo hizo reo. Tenía 35 años.

Una paradoja del caso es que, si bien la memoria de Rizal se venera en Filipinas, como héroe primero, en plazas, colegios y monumentos, quienes conocen el país coinciden en que es muy poco leído, salvo por algunas traducciones abreviadas para uso escolar de “Noli” y “Fili”, los diminutivos de sus novelas. Una razón evidente es que el castellano nunca llegó a ser la lengua general del archipiélago, donde hoy se ha apagado casi del todo. Una razón menos obvia es que tanto su vida como su obra son difíciles de enderezar como las de un ideólogo nacionalista, si no es en efigies mudas y en centones de pasajes extractados con resonancia antiespañola. Su martirio, que aceptó mansamente como su destino, ha prevalecido sobre sus escritos. En ellos gobiernan los diálogos, la lógica y las dudas, además del humor. Ningún dogma.

Su figura en suspenso, desapercibida entre quienes lo entienden, de idioma raro para quienes lo recuerdan, es un símbolo de lo que Benedict Anderson describió como “el vértigo” que sentía el estudioso de la formación de las naciones ante el caso de Filipinas. Anderson utilizó una palabra más cargada, “lobotomía”, para referirse al efecto cultural del imperialismo estadounidense, que sucedió al español e incomunicó a los filipinos con sus clásicos. No sé si eso explica la insólita amnesia española, que alcanza a casi todo lo relativo a esas islas.

Una educación y religiosidad estrictamente occidentales –más aún, su anticlericalismo– hicieron de Rizal, que era coetáneo de Tagore, un pensador atípico en Asia; lo que lo hacía único en la lengua española comenzaba solo con su origen tagalo. Rizal escribió novelas, cuentos, ensayos, artículos periodísticos, memorias, discursos y poemas. Manejaba la sátira con un gusto especial, pero tenía otros recursos, en un castellano literario, como devoto cervantino que era, y como autor que se adueñó de la lengua en la escuela. En la mayoría de sus poemas se siente un extraño soplo de pupitre y siglo de oro. Era de palabra y pluma fáciles a la hora de establecer argumentos; resultaba persuasivo. Tenía mucho carisma personal, aunque maneras tímidas, y dicen que a todos les resultaba siempre agradable. También se dice que no soportaba las críticas. Estudió medicina al tiempo que filosofía y letras en Manila y Madrid; se especializó como oftalmólogo en París y Heidelberg. Se interesó por la antropología y la historia. Políglota y traductor, en su primera biografía, la de Retana (1907), ya se le atribuían una decena de lenguas; la leyenda las ha aumentado después hasta veintidós. La mitad de su vida adulta la pasó en Europa; a los veintisiete años había dado la vuelta al mundo. No es exagerado decir que cuando lo mataron era uno de los intelectuales más interesantes del idioma castellano; y el más cosmopolita.

En Filipinas decían ilustrados a los que como él tenían estudios y una familia acomodada, pero Rizal lo fue en el sentido clásico. El último ilustrado de la escasa cosecha española, forzado por la anacrónica situación de........

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