Los kurdos ya no quieren seguir haciendo el trabajo sucio
No tienen que demostrar su valor a nadie. Desde Saladino —Salah ad-Din al Ayubi, en árabe común— el gran líder musulmán, primer sultán de Egipto y Siria, paradigma de la caballerosidad en los difíciles tiempos de las Cruzadas, hasta la contención y posterior eliminación de Daesh (2014-2017), los kurdos han demostrado de sobra su valor y arrojo en todas las batallas. Víctimas del segundo gran genocidio del siglo XX, tras la aniquilación perpetrada contra los armenios por parte de los turcos, los kurdos no han cejado en su empeño por conservar su identidad diferenciada, su idioma, su cultura, su tradición y su papel en la historia de Oriente Próximo. Masacrados por el ejército turco, gaseados por el ejército iraquí, perseguidos sin piedad por los ejércitos iraní y sirio, los kurdos, divididos contra natura tras el Tratado de Sèvres de 1920 y el de Lausana de 1923, siempre han luchado por su supervivencia. Sin embargo, su división interna derivada de diferencias políticas y la separación externa propiciada por los cuatro países en los que se fragmentó su territorio han impedido una acción conjunta para lograr, no ya el reconocimiento como un grupo étnico con un peso importantísimo en Oriente Próximo, sino el dominio sobre sus lugares de asentamiento.
No obstante, pese a las grandes dificultades derivadas del complejo proceso histórico vivido desde 1920, y las taras que lastran su vida política como consecuencia del bipartidismo pactado y la corrupción, los kurdos del norte de Irak han logrado consolidar una amplia autonomía cuya estabilidad y seguridad son ejemplares en su entorno. Por ello, el actual presidente del Gobierno autonómico, Nechirvan Barzani, ha manifestado, de manera reiterada, que no quiere involucrar a la región kurda en el enfrentamiento entre EE.UU. e Israel contra Irán. Llegar a la situación actual de autonomía ha exigido no solo un enorme sacrificio humano a los kurdos del norte de Irak, sino un esfuerzo constante para evitar airar en demasía al Gobierno turco, que no puede odiarlos más, y al iraquí, que mira con recelo el progreso del tercio norte del país.
Más aún, la enésima traición estadounidense, por la que los kurdos del norte de Siria en Rojava fueron abandonados a su suerte, ha sido la gota que ha colmado la paciencia de esta etnia. Aun entendiendo la voluntad de los guerrilleros kurdos de Irán de lanzarse al ataque y luchar contra el Ejército iraní, desde Erbil se sabe que sería un suicidio sin efectos prácticos. Esperemos que los kurdos hayan aprendido las repetidas lecciones de la historia y, por una vez, no intervengan y dejen que otros hagan el trabajo sucio.
