Sánchez contra Godzilla, por Maritza Espinoza
Dijo Karl Marx (¡ay, el cuco!) que la historia se repite primero como tragedia y luego como comedia. No lo dijo así exactamente —estaba parafraseando a Hegel—, pero ustedes entienden. En el Perú, la historia se repite como tragicomedia. Por eso, en cada proceso electoral, no sabemos si reír o llorar. Es esa condena peruana que Mario Vargas Llosa definió muy bien como siempre tener que elegir entre votar por el cáncer o el sida.
Ese es nuestro dilema existencial, por lo menos desde que Keiko Fujimori salió, hace 15 años, a tratar de convencernos de que ella es el mal menor de la política chola (salvo en el 2016, cuando no había duda posible). Pero, en cada ocasión, el cáncer y el sida traen comorbilidades capaces de comprometer, si no de aniquilar, el débil sistema inmunológico de este organismo llamado Perú.
Si Ollanta Humala o Pedro Castillo representaban al sida —el fujimorismo es, sin duda, nuestro cáncer metastásico desde hace décadas—, Roberto Sánchez es una versión empeorada y aumentada de sus predecesores, algo que ya se veía en su gesto de adoptar el sombrero como símbolo de su partido, cuando jamás ha vivido en el campo. Se trataba de oportunismo puro y duro, con el fin de aprovechar la popularidad de Castillo en el Perú rural después de haberlo abandonado —Sánchez, no el Perú—........
