El camping como renuncia voluntaria a la civilización
En verano nos reencontramos con el hombre de las cavernas que llevamos dentro. Algunos lo llevan fuera, pero ese no es el objeto de este artículo. Durante el resto del año, la comodidad del hogar nos ayuda a estar descansados y sanos para poder atender el trabajo y los asuntos domésticos. En vacaciones, por alguna extraña razón, buscamos aquello que más nos incomoda, nos cansa, nos estresa, y nos enferma. Es decir, buscamos un camping.
De todas las actividades extremas que afrontamos en verano, quizá la más loca de todas sea el camping.
La primera casa fue una tienda de campaña. Estaba confeccionada con ramas, troncos, hojas y pieles de animales. No debía ser muy confortable, porque los hombres, tan pronto como pudieron, descubrieron la agricultura y la ganadería y se largaron corriendo de allí, en torno al año 9000 antes de Cristo. Desde ese año y hasta el siglo XIX nadie, absolutamente nadie, hacía algo tan estúpido como ponerse a dormir en medio del monte en una tienda de campaña. Esta moda extraña comenzó en Reino Unido de la mano de, cómo no, los naturalistas (los mismos que flipan cuando toman el sol en pelotas, como hace Tucker Carlson, aunque por otras razones), que empezaron a echarse a los montes a dormir en tiendas de pesadas lonas. Tras la segunda guerra mundial, el camping se puso de moda, y sorprendentemente no solo para los prisioneros. De pronto todo el mundo parecía renunciar voluntariamente, durante varias semanas al año, a dormir en una casa de materiales rígidos, con saneamiento de aguas,........
