Los balcones de la calle Concordia
Cuando uno está enamorado, tiende a caminar mirando hacia arriba, con los ojos escudriñando ventanas y balcones, saludando a la ropa tendida, al contemplador ocioso, buscando los juegos de luz en las fachadas. Todos deberíamos pasear así, enamorados también de la ciudad que nos acoge, que tiene que tratarse con la admiración del que se siente completo y el candor del que nunca conoce del todo. La ciudad es un compañero irrepetible, un acontecimiento inexplicable, como todos y cada uno de nosotros.
Hacen falta paseadores enamorados que rescaten a la ciudad de su fealdad ambiental. Lo que ha sido degradado y lo que se profana impunemente cada día sucede porque faltan corazones bien colocados. Sin almas encendidas que sepan leer lo caliente del paisaje, los vivideros tienen el peligro de ser percibidos como cajones operativos, desligados de la memoria, de la dignidad, del valor patrimonial. Y cuando........
