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Las mentiras ahogan la ultraizquierda

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26.02.2026

La ultraizquierda española, esa a la que tanto trata de parecerse ahora el sucedáneo de PSOE que comanda Pedro Sánchez, se ha hundido estrepitosamente. Viví muy de cerca su eclosión en algunos barrios obreros del antaño cinturón rojo de Madrid y su latente pujanza era entonces más que comprensible. Los socialistas habían dejado arruinada España y el PP, siempre pésimo a la hora de comunicar, impuso ajustes severos que nunca supo explicar para que los hombres de negro llegados de Europa no nos intervinieran. El país no tenía entonces capacidad financiera para pagar sus abultadas deudas ni casi margen para mantener las prestaciones y los servicios de sus ciudadanos. El partido de Rajoy frenó en seco la embestida europea, pero pagó por ello un alto precio. Miles de ciudadanos desencantados, sin empleo o con salarios paupérrimos, vieron en los mensajes disruptivos de un por aquel entonces pujante Pablo Iglesias la tabla de salvación a la que aferrarse y le dieron sin pensarlo sus votos en las urnas. Su formación, Podemos, fagocitó a la depauperada Izquierda Unida, le restó una enorme cantidad de sufragios al PSOE y sus dirigentes llegaron incluso a conseguir un sillón en el Consejo de Ministros. ¿Qué ha sucedido para que aquella fuerza emergente y todos los partidos populistas satélites que irrumpieron después en el arco nacional y en el autonómico hayan entrado en barrena, hasta el punto de despeñarse, como le viene sucediendo a Yolanda Díaz y Sumar en todas las elecciones, o le acaba de pasar a Podemos y Belarra en Aragón? La respuesta es sencilla: todos mintieron y la gente está haciéndoles pagarlo caro. Uno no puede asegurar que combatirá a la casta si llega al poder y convertirse en parte de ella nada más alcanzarlo. Uno no puede prometer que vivirá toda la vida en su barrio obrero para escapar corriendo a las primeras de cambio a un chalet de lujo. Uno no puede anunciar que combatirá sin miramientos la corrupción y sostener después a un partido que está corroído por ella hasta el tuétano. Uno no puede hacer bandera del feminismo y de la lucha contra la violencia machista y dejar luego desprotegidas a las mujeres liberando a violadores, metiendo la pata con las pulseras, avalando el uso del burka o haciendo la vista gorda ante escándalos mayúsculos como el protagonizado por el DAO de la Policía con una subordinada. Uno no puede defender las subidas de impuestos y reírle luego las gracias a Óscar Puente, que no se sabe qué ha hecho con ellos y tiene las infraestructuras destrozadas. Tampoco debe uno ponerse tras la pancarta en defensa de la sanidad pública y luego destrozarla, como está haciendo Mónica García y nos recuerdan los médicos. Y uno no puede tampoco defender la okupación y quitar hierro al aumento de la delincuencia, y facilitar la llegada de inmigrantes con posibles antecedentes delictivos, porque la gente se harta. Sabedora en parte de este hundimiento, la ultraizquierda celebró este fin de semana un cónclave de refundación en un aforo pequeño para disimular su nula capacidad de convocatoria. Cualquier evento del suplemento A TU SALUD de LA RAZÓN congrega a más público que el arrastrado por Mónica García, Ernest Urtasun, Lara Hernández o Antonio Maíllo, arropados, eso sí, por los satisfechos líderes sindicales. De lo allí surgido poco cabe esperar más que una vuelta de tuerca a lo de siempre: las manifestaciones pancarteras, los gritos contra Ayuso, las loas a Pedro Sánchez y la pelea por conseguir cargos y prebendas.


© La Razón