Dios es un Stalker
Os deseo un Viernes Santo fabuloso y, en general, una fiestas para deteneros a descansar y a reflexionar sobre cómo os trata esta vida. Los españoles podemos presumir de esta jornada festiva -por ley- para todos, independientemente de nuestra religión o creencias. Por unas horas o días, los trabajadores podemos disfrutar en las calles de un espectáculo genuino, sarmentoso de historia acumulada, pura cultura de siglos, tradiciones bellísimas en su expresividad, en su emotividad, en su arte. Un periodo pletórico de días que pasan por el silencio absoluto, o por la saeta, o por el olor a incienso y azahar al paso de una obra de arte en procesión, jaleada, venerada, llorada, al son del fervor popular, al Norte y al Sur de nuestra geografía.
Qué maravillosamente diferente es España y qué gran motor económico resulta esa riqueza cultural que nos hace únicos en Semana Santa. Nuestra macroeconomía progresa adecuadamente, como se encarga de recordarnos el Gobierno (nada que ver con la «micro» y los problemas de tantos para llegar a fin de mes).
Os escribo desde el Tirol austriaco. Aquí siempre habían celebrado el Viernes Santo hasta que, recientemente, un tiquismiquis -los hay en todos sitios- lo denunció y el Tribunal de Justicia de la Unión Europea resolvió a favor del susodicho.
Los austriacos se han quedado sin su Viernes Santo festivo pero, a cambio, el Estado les ha ofrecido otro día (que ninguna empresa les puede quitar). Eso implica que te encuentres, en todas las calles, escaparates preparados al milímetro para la Semana Santa y sus exquisitas Monas de Pascua, pero falle el espíritu propio de la fecha.
Nuestros vecinos austriacos pueden presumir de que les va de fábula la microeconomía, pueden sacar pecho por su calidad de vida y porque la naturaleza alpina deslumbra en cualquier época del año. Pero aquí falta luz, fallan las tradiciones y la extroversión cultural de la que vamos sobrados nosotros. Y una comprende por qué tantos europeos desean venir con nosotros a jubilarse.
De todos modos, Viena y Madrid tienen en común la alarma prebélica y sus consecuencias: los carburantes, aquí y allí, son un 30% más caros desde que empezó la guerra en Irán, la inflación de la Eurozona ha escalado al 3,1%. Por mucho que Donald Trump proclame que pronto acabará la contienda y abrirá el Estrecho de Ormuz, las sensaciones no son esas. ¡Al contrario!
Visto lo visto, hay que mirar al cielo o mirarse a uno mismo -si tienes la suerte de creer en Dios- para encontrar lo más estimulante y transformador de la Humanidad. Al cielo, por la carrera espacial de Artemis 2. Y al corazón, para descubrir que Dios es un Stalker, como canta nuestra Rosalía.
