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Carlos Álvarez… ¿Sorpresa?

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tuesday

Cuando conocí la lista de candidatos a la Presidencia del Perú, a fines del año pasado, mi atención se centró en un nombre: Carlos Álvarez. Intuí que tendría grandes posibilidades de ganar. Se trata de un candidato peligrosísimo para sus adversarios: ha hecho reír y disfrutar a tres generaciones, y todo el país lo reconoce con simpatía. En los últimos años, además, ha producido programas cortos que denunciaban la inseguridad ciudadana y exigían a las autoridades enfrentar el crimen organizado.

Su campaña fue austera, mientras los medios se concentraban en otros postulantes. Comenzó con entrevistas destacadas, pero luego se vio afectado por problemas internos de su partido y por ataques a su vida privada, acusaciones de dinero mal habido de las que fue absuelto. Así son las bajezas de la  política: cuando alguien sobresale, se le inventan historias. Como decía Winston Churchill: “La política es casi tan emocionante como la guerra, y no menos peligrosa. En la guerra te pueden matar una vez, en política muchas veces.”

En el Perú, el éxito ajeno suele despertar envidia. Existe esa vieja anécdota del paso encebado: mientras que en Alemania te ayudan a subir, en Gran Bretaña te observan y siguen de largo, en el Perú, en lugar de ayudarte, te bajan. Aquí, para cerrar el paso a otros, se recurre al “serrucho eléctrico”. ¿Cuándo cambiará esa mentalidad? No comprendemos que, si todos nos damos la mano, triunfaremos juntos como sociedad y como nación.

Recuerdo conversaciones con viejos políticos que subestimaban a Álvarez. Me decían: “Lo destrozaremos en los debates”. Les respondí: “Se equivocan. En el debate soltará un chiste y todos recordarán el chiste, no sus ataques”. Así ocurrió pero con sus brillantes imitaciones. La soberbia y la discriminación hacia quienes consideran “de menor altura” es un error que se repite por generaciones. El desprecio ciega, endurece el corazón y conduce al odio. Como advirtió John F. Kennedy: “La intolerancia es en sí misma una forma de violencia y un obstáculo para el desarrollo de una verdadera democracia.”

En el debate, Álvarez demostró estar a la altura, con conocimiento y sin temor. Grave error fue discriminarlo y minimizarlo. Habló en un lenguaje sencillo que todos los peruanos entienden. No olvidemos que ya hubo un presidente payaso en Ucrania, cómicos en Guatemala y Filipinas, y hasta el actor Ronald Reagan en Estados Unidos. La televisión tiene su magia y su poder de conexión.

Mientras Keiko Fujimori asciende en las encuestas con la constancia de un avión que gana altura, Álvarez lo hace con la potencia fulgurante de un cohete. Los demás candidatos apenas insinúan un leve crecimiento, permanecen estancados o retroceden. A Keiko se le infligió un bullying despiadado y a Álvarez lo minimizaron y atacaron con saña, llegando incluso a su vida personal y a difundir infundios. Es la misma lógica del palo encebado: en lugar de ayudar a quien escala con esfuerzo, muchos prefieren empujarlo hacia abajo. Sin embargo, ambos han resistido y hoy se elevan por encima de la mezquindad, demostrando que la perseverancia y la fortaleza son más poderosas que la calumnia.

Si Carlos Álvarez llegara a la Presidencia y aspirara a ser recordado como un gran gobernante, tendría que rodearse de los mejores técnicos, incluso provenientes de otros partidos. Como decía el recordado Luis Bedoya Reyes: ‘Los técnicos se alquilan’. Esa apertura permitiría sumar capacidades diversas y garantizar eficacia en la gestión. Pero tan importante como elegir a los más capaces es evitar las malas juntas: un líder que se rodea de personas equivocadas compromete su destino y el de la nación. Al mismo tiempo, debería coordinar con las fuerzas políticas representadas en el Congreso para construir consensos y articular un plan de gobierno sólido, capaz de trascender intereses particulares y responder a las necesidades del país.

La política peruana es volátil y cualquier cosa puede suceder. Pero lo cierto es que Carlos Álvarez ya dejó de ser una sorpresa: se ha convertido en una realidad que interpela a la clase política y a la ciudadanía.

(*) Premio Mundial de Periodismo “Visión Honesta 2023”


© La Razón