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Trump y la novia borracha

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12.04.2026

Donald Trump puede compararse, en tono metafórico, con una novia borracha que vive instalada en el drama constante: siempre al borde de lanzar un ultimátum definitivo, pero casi nunca dispuesta a sostenerlo hasta el final. Esta imagen, aunque exagerada, ayuda a ilustrar un estilo de comunicación basado en la intensidad emocional, la confrontación y los giros inesperados, porque a lo largo de su carrera política, Trump ha recurrido con frecuencia a declaraciones tajantes: amenazas de romper acuerdos, imponer medidas radicales o tomar decisiones contundentes que parecen no admitir negociación. Sin embargo, en muchas ocasiones, esas posiciones iniciales se han suavizado, modificado o incluso revertido con el tiempo. Es como si el ultimátum fuera más una herramienta de presión o un gesto teatral que una intención firme e inamovible. Esta actitud genera una mezcla de incertidumbre y expectación. Sus seguidores pueden interpretar sus movimientos como una muestra de flexibilidad estratégica o capacidad de negociación, mientras que sus críticos lo ven como falta de coherencia o previsibilidad. En ambos casos, el patrón se repite: primero la tensión máxima, luego el retroceso parcial.

La metáfora de la “novia borracha”, que oí decir a alguien en la radio, también apunta a lo emocional e impulsivo. Muchas de sus intervenciones públicas, especialmente en redes sociales, han sido percibidas como reacciones inmediatas más que como mensajes cuidadosamente elaborados. Esto refuerza la idea de un liderazgo que se mueve por impulsos, donde el tono puede cambiar rápidamente y sin previo aviso. Pero esta comparación no busca ser literal, sino resaltar un estilo político particular: uno donde el dramatismo, la amenaza y la rectificación forman parte de una misma estrategia comunicativa, o sea un enfoque que, para bien o para mal, ha marcado profundamente el panorama político contemporáneo y ha redefinido la forma en que muchos líderes interactúan con el público.

Otro sistema es el nacional, el de los políticos del gobierno que padecemos, quienes por norma dejan de responder a lo que se les inquiere para articular (malamente) frases que nada tienen que ver con lo que se les pregunta, por ejemplo el grado de responsabilidad que asumirá el partido socialista en el asunto Ábalos, Koldo, sobrinas y demás calaña que esta semana desfilaron ante jueces y magistrados, dejándonos una sensación desoladora por la norma que aplican de tomarnos por tontos a quienes queremos contestaciones sólidas y veraces. Vemos, en vez, un meme de Sánchez haciendo el mamarracho, que es su mejor papel, subido a un kart de Súper Mario en el museo de videojuego.

Pero volvamos a Trump, que “tiene arte” para todo. Me fascina que todos sus asesores lleven “por decreto” los zapatos que les regala a pares, eso sí, sin tener en cuenta la talla que gasta cada uno. Al bueno de Marco Rubio se le pudo ver con unos “lanchones” en los pies tres números más grandes que los que se ajustan a su tamaño. Pero nadie se atreve a protestar. El señor Presidente marca el modelo –unos clásicos de cordones, lisos y de magnífico tafilete-, con el que han de ir uniformados, al menos por los pies, todos los que piensan para su cabeza y para “hacer grande de nuevo a América”.

CODA. Y para salirnos de la cutrez del Supremo vámonos a Mónaco, que nunca decepciona. Siguiendo la estela de su madre -hoy abandonada a los surcos de sus derrotas que se marcan en su cara y en su alma-, la belleza de Beatrice Borromeo y el donjuanismo de Carlota nos recuerdan que hay más vida. Carlota es un fenómeno y presenta ya nuevo hombre a su lado, luego de una amplia carrera de novios y maridos. ¡Quien tuviera sus años para recobrar las mañas!


© La Razón