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Memorias de África

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sunday

Cuando conocí África era demasiado joven para saber apreciar la riqueza de aquella tierra en barbecho, la riqueza de aquellas gentes también en barbecho y el potencial de lo uno y de los otros. Hoy ha evolucionado pero poco para lo que podría ser aquel continente. Lo viajé de proa a popa y de babor a estribor pero los pocos años -ay, la juventud-, me impidió ver y aprovechar lo que a mis ojos brindaba la naturaleza salvaje y el calor humano. El Papa ha trillado en estos días atrás un poco el mapa africano, lo suficiente como para percatarse de lo que allí había: hambre, miseria, enfermedad (sida, mayormente, primera causa de mortalidad en el continente) y superpoblación. Cada mujer tiene una media de cinco hijos, todos famentos y criándose en la precariedad de lo que sigue siendo el tercer mundo más profundo. La Iglesia, claro es, da buenas palabras, bendiciones pero no soluciones. Ayuda en lo que puede, sí, y todos marcamos la x cuando presentamos la declaración de la rente en la casilla correspondiente, pero suficiente no es, y aunque algunos países han evolucionado de forma que hoy día, después de tantos años, ni los hubiera reconocido, falta mucho camino por hacer para que podamos decir con satisfacción que aquello muestra una imagen próspera, civilizada y suficientemente transformada como para deje de ser un destino pintoresco y salvaje, como sería deseable. África tiene un potencial que los gobernantes canallas no dejan ver a través le la espesura de la selva más que para explotarlo a través del turismo y no para que sus oriundos puedan progresar y desarrollarse saliendo del analfabetismo y del pintoresquismo salvaje de sus interminables paisajes y la profusión animal que lo adorna.

Pero vayamos a otro panorama, a otro marco que no deja de ser estrafalario y peculiar, como lo es el nacional. Y no teman, que no voy a hablar de Vox y la “prioridad nacional” ni de la “prioridad nacional catalana, basada en la prioridad de la identidad lingüística” que pretende aplicar el bueno de Illa, y que preconiza que sólo quien al cabo de un año acredite hablar catalán podrá quedarse en Cataluña, refiriéndose a los inmigrantes que entren en la región, algo que me parece -no sé a ustedes-, una medida muy cuca, pues eso sí establece una prueba de arraigo irrefutable, y no el justificante del bonobús, que, como documento, no deja de ser una mierda pinchada en un palo y puesta a secar al sol en un solar. Ya me perdonarán la expresión pero vengo de la Feria de Sevilla con mucha euforia en el cuerpo y también con muchos rebujitos. No, no hablaré de ello sino del gran Eduardo Mendoza y su salida de pata de banco que Carmen Balcells, su descubridora y agente literaria desde el cielo, estará aplaudiendo muerta de la risa. Dice el escritor en el Día del libro -y no sin razón-, que no debe mezclarse la cosa con la celebración de Sant Jordi al considerar que el santo “nada tiene que ver con los libros ni los escritores. Que no pinta nada porque quizá ni sabría leer y que además era un maltratador de animales”, cosa que a los catalanes ha enervado y que les empuja a hacer una quema de libros del autor. Lo que quizá no sepan es que el 23 de abril se conmemora la muerte de Cervantes, y, por cierto, la de Shakespeare, que los dos referentes de la literatura universal se fueron el mismo año, o sea en 1616 y el mismo día.

CODA. Dos grandes del toreo han sufrido cornadas en la misma semana, mi Morante y Roca Rey. Que San Jordi me los devuelva pronto a los ruedos.


© La Razón