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Por qué

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15.03.2026

Ayer sábado, por la mañana, el mensaje de un amigo me hizo cambiar de opinión. Yo no tenía previsto ver «Torrente, presidente» ni en pedo, es decir, no me hace ni la más mínima gracia esa saga grasienta. Tengo humor, eh, antes de que me digan Vds que estoy amargada, les tengo que comentar que me río bastante de mí misma, que me gusta el sarcasmo y la ironía. Lo que no me gusta es el brochazo gordo. Así que, después de hablar con el amigo que la vio el viernes por la noche, ayer me fui a ver la última de Santiago Segura con todo el dolor de mi corazón y todos mis prejuicios. Y resulta que sí, que mi dolor era certero y mis prejuicios también.

Si lo que deseaba el director era hacer una peli lamentable y con olor a refrito intenso, habrá que darle la enhorabuena. Nos ha evitado las previas adrede no para provocar sorpresa, sino con el convencimiento de que la íbamos a poner a caldo. Porque merece que la pongamos a caldo. La película es una sucesión de cameos que pretenden ser una sátira. Y ahí radica la cosa. Puede parecer que es una sátira a la extrema derecha, pero no. La sátira se hace a la crítica que se hace a la extrema derecha y así se lo tomó el público presente. ¿Nos llamáis fascistas? ¿Sí? Pues ahora os vais a enterar de lo bien que lo pasamos normalizando ese insulto. Así que no se ahorran nada políticamente incorrecto. Cualquier chiste que Vds hayan escuchado y pensaban que estaba descatalogado, zas, está en esta película. Cualquier zafiedad, pun, también. Van a comprobar que el mal gusto vuelve a estar de moda. Pero lo más lisérgico es que el malo final es Kevin Spacey. ¿Por qué elige Santiago Segura a Kevin Spacey? Porque tiene ganas de reivindicarle. Y es verdad que nadie ha podido condenarle por lo que le acusaron, pero, ¿por qué? Podría haber elegido a cualquier humorista, cualquier político, pero no. Porque su intención, la de Santiago Segura, no es divertir. Es molestar. Así que sales del cine preguntándote por qué otra vez. Por qué has ido. Pero como pensaría el director, es que yo debo ser gilipollas.


© La Razón